A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX: Comienza el proceso de industrialización, marcado por el éxodo rural y por tanto, la población aumenta, haciendo que las ciudades también aumentaran. Pero hay un problema y es que no hay sitio para toda la población que ha emigrado.
Trazado: Apareció el Tranvía. Se abrieron nuevas plazas y se construyeron grandes vías. En algunos casos, dentro del casco, rompiendo su trama, como capó con la Gran Vía, y en otros se unieron el casco antiguo con el ensanche burgués. En sus edificios se instalaron funciones terciarias que las convirtieron en la calle principal de la ciudad. A partir de ellas se renovaron las calles próximas. Las calles resultan inapropiado para el tráfico y para las personas, provocando saturación y desaparición de plazas y jardines públicos. Esto se quiere a paliar penatolizando las calles y ensanchando y ajardinando plazas para que vuelvan a ser lugares de reencuentro.
Edificación: en el siglo XIX tiene lugar la desamortización que expropia a los eclesiásticos grandes terrenos con huerto y jardines incluidos a veces y que ocupan una gran extensión de terreno. Los edificios unifamiliares se convierten en edificios en altura, se verticalizan, se utilizan nuevos materiales para su construcción como el hierro y el cristal, se construyen siendo cada fachada de diferentes estilos hasta que en 1960 se instala el estilo moderno. Las únicas excepciones fueron los cascos antiguos que se implantó una política de proteccionismo, haciendo que al no poder implantar nuevas medidas estos edificios históricos se deterioraran, además hubo un progresivo abandono de residentes. La construcción de dichos edificios con distintos estilos hace que el contraste entre barrios sea claro.
Usos del suelo: experimentan una progresiva terciarización. En la década de 1960 se consolida la terciarización haciendo que el casco antiguo se viera como una zona de comercio y de negocios. Se desplazaron los usos residenciales, crece la aglomeración de población en las calles y de tráfico causando un gran deterioro a los edificios históricos por la contaminación. Los barrios degradados pierden su multifuncionalidad e instalan otros con valor de ocio. Con las políticas de reavitalización de la década de 1960 se intenta recuperar aquellos usos tradicionales como el comercio y difundir el uso turístico y cultural.
Sociedad: Los que tienen mayor renta residen en el casco antiguo, mientras que los que tienen menos renta se ven obligados a desplazarse a los barrios degregados. Este problema se quiere apaliar fomentando la instalación de clases medias,
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Franquismo, cambios sociales y demográficos
LOS CAMBIOS SOCIALES
La expansión económica de la década de 1960 estimuló el crecimiento demográfico y desencadenó los mayores movimientos migratorios de la España contemporánea. Paralelamente, la sociedad española modernizó sus hábitos sociales y culturales y avanzó hacia la denominada sociedad de consumo.
Los cambios demográficos
La mejora de las condiciones de vida provocó un aumento de la natalidad y una disminución de la mortalidad españolas, que produjeron un fuerte aumento demográfico (26.187.899 habitantes en 1940 y 34.041.531 en 1970). Las causas del incremento de la natalidad son varias y van desde la propaganda que hace el régimen, hasta la mejora en la alimentación, la higiene y los servicios sanitarios.
Además, parte importante de la población emigró en busca de mejores expectativas de vida. Cerca de dos millones de españoles emigraron al extranjero (Alemania, Suiza, Francia...) y otra gran parte se desplazó de los núcleos rurales hacia las ciudades en busca de trabajo.
Ese inmenso éxodo rural afecto a cerca de cuatro millones de personas y significó la expansión de las grandes ciudades industriales (Barcelona, Madrid, Valencia, Sevilla, Bilbao...) y el despoblamiento de muchos núcleos rurales. La rapidez de la urbanización provocó un crecimiento caótico de las ciudades, con barrios faltos de la más elemental infraestructura (asfaltado, luz, alcantarillado...). Se calcula que en 1960 había un déficit de viviendas de un millón, lo que propició un movimiento especulativo en la construcción.
LA MODERNIZACIÓN DE LA SOCIEDAD ESPAÑOLA
La mejora en el nivel de vida.
Tras los años de posguerra en que la sociedad había mantenido formas muy tradicionales, en la década de 1960 se produjo un acelerado cambio social.
A lo largo de la década de 1960 se produjo una enorme transformación y modernización de la sociedad española. En primer lugar, la mecanización agrícola y la industrialización dieron lugar a un drástico descenso de la población agraria y aun notable crecimiento de la población agraria y a un notable crecimiento de la población urbana dedicada a la industria y a los servicios.
Aumentaron, asimismo, las clases medias (obreros especializados, profesionales liberales, trabajadores de la administración, la banca, los seguros...) frente al número de jornaleros o peones.
El aumento de la producción y de la renta propició, a su vez, que España entrase en la denominada sociedad de consumo, aunque no con la misma intensidad que otros países occidentales. No obstante la luz eléctrica llegaba ya a casi todo el país. Un gran parte de los hogares tenían teléfono y electrodomésticos como el frigorífico o la lavadora. Pero el símbolo de la época fue, sin duda, el Seat “600”, que permitió a las clases medias acceder al vehículo particular. A comienzo de los setenta el veraneo en las zonas playeras comenzaba a ser también corriente entre las clases medias.
Una sociedad más abierta.
La llegada del turismo, la apertura de fronteras y los viajes a otros países permitieron a los españoles tomar contacto con el exterior. Esta apertura de la sociedad comportó cambios en la mentalidad de los españoles. A este cambio contribuyó también el comienzo de las emisiones televisas en 1956, a pesar del control que el estado ejercía sobre ella a través de la censura. Se impusieron nuevos hábitos de relación social, las mujeres fueron incorporándose a la vida laboral fuera de casa y la Iglesia disminuyó su influencia social. La familia amplia de tradición rural se fue sustituyendo por la familia nuclear (padres e hijos) típica del mundo urbano e industrial.
La condición femenina también cambió sustancialmente. La mujer empezó a abandonar su papel tradicional de madre y esposa para incorporarse al mundo de los estudios y al trabajo remunerado, sobre todo en actividades administrativas y de servicios. De este modo, la reivindicación de los derechos de las mujeres dio lugar al surgimiento de un nuevo movimiento feminista, que alcanzaría su mayor desarrollo en las décadas siguientes.
La renovación de la Iglesia, que siguió al Concilio Vaticano II tuvo gran impacto en España e influyó decisivamente en un sector de la Iglesia española, que comenzó a distanciarse del régimen y a alinearse junto a sectores sociales que reclamaban su democratización. La mentalidad de las nuevas generaciones, que no habían vivido la guerra, cambió radicalmente y poco a poco se fue extendiendo un amplio movimiento social a favor de la democratización de la vida española.
Extensión de la enseñanza obligatoria y gratuita.
Igualmente, la nueva estructura social demandaba cambios en la educación. Se iniciaron reformas para introducir una educación más técnica y moderna, se extendió la escolaridad obligatoria desde los 6 a los 14 años (1964). Se aumentó, asimismo, el número de becas, de institutos y de universidades. La culminación de estos cambios educativos llegó con la Ley General de Educación de 1970, que convirtió en gratuita y general la enseñanza elemental. En consecuencia, el analfabetismo disminuyó de forma drástica hasta alcanzar los niveles de los países más avanzados a la vez que tenía lugar una progresiva democratización del sistema educativo con la incorporación de un buen número de familias obreras y de clase media.
Franquismo, fundamentos ideológicos y bases sociales
La España de 1939 era una nación arrasada material, demográfica y emocionalmente. El nuevo estado dirigido por el general Franco representaba los intereses de la oligarquía tradicional, la iglesia y el ejército. Se caracterizó por la persecución sistemática de cualquier oposición y por un sistema económico autárquico que prolongó las consecuencias de la guerra durante dos décadas. La dictadura duró casi cuarenta años y marcó profundamente a dos generaciones de españoles.
Dentro de un aparente inmovilismo, el régimen fue adaptándose a las diferentes coyunturas internacionales con las que tuvo que convivir. Desde el alineamiento con el fascismo durante los primeros años de la Segunda Guerra Mundial, a un tibio neutralismo al final del conflicto. Luego vino el aislamiento de la posguerra, hasta que la Guerra Fría permitió al régimen ser reconocido y apoyado, sobre todo por los Estados Unidos. La expansión económica de los años sesenta trajo prosperidad, pero también propició la entrada de los movimientos culturales e ideológicos europeos y el incremento de las movilizaciones contra la Dictadura.
Fundamentos ideológicos
El régimen se caracterizó desde sus orígenes por una rotunda concentración del poder en la figura de Franco. Todas las instituciones le estaban completamente subordinadas, y sus miembros lo eran por voluntad del Caudillo.
Pero el régimen franquista también tuvo una serie de componentes ideológicos. Estaba en primer lugar, el anticomunismo. Para los vencedores, en realidad, comunistas eran todos los llamados “rojos”, lo que incluía desde la extrema izquierda revolucionaria hasta la burguesía democrática, por moderada que fuera. La propaganda anticomunista arreció a partir de 1950, cuando el régimen fue admitido en las organizaciones internacionales en el contexto de la Guerra Fría.
En segundo lugar, el antiparlamentarismo. La democracia parlamentaria se identificaba con lo antiespañol y con el marxismo. Aunque tras la Segunda Guerra Mundial las críticas disminuyeron, siempre se presentó al sistema parlamentario como modelo débil, sobre el que la “democracia orgánica” del régimen tenía, según sus defensores, una clara superioridad.
En tercer lugar la dictadura se identificó claramente con el catolicismo, hasta el punto de que se generalizado el término nacionalcatolicismo para etiquetarla. Franco estableció la confesionalidad del Estado. El dominio que la Iglesia ejerció en la vida social de la España franquista fue absoluto. Su control de la educación era completo: la Iglesia era titular de gran parte de los colegios, y la enseñanza religiosa era obligatoria incluso en la universidad. Se suprimió el divorcio, el matrimonio civil, el matrimonio religioso volvió a ser obligatorio, y se restableció el presupuesto para el culto y el clero. También creó asociaciones o grupos de presión como la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, en la década de los cincuenta, o el Opus Dei, en los sesenta. Además, tenía plena competencia en materia de censura y una presencia constante en los medios de comunicación. Se impuso una estricta moral católica, pública y privada, cuyo incumplimiento era castigado por el Código Penal.
La cuarta característica fue el tradicionalismo. La “unidad de la Patria” se convirtió en valor sacrosanto, justificado en raíces históricas. Se exaltaron los valores de la Reconquista y del Imperio, y se adoptaron sus símbolos.
La propaganda franquista calificó a la autonomía de las regiones como antiespañola. Todo sentimiento nacionalista que no fuera español fue descalificado y perseguido. Se prohibió el uso de cualquier lengua que no fuera el castellano, se abolieron los órganos de autogobierno y se proscribieron los símbolos nacionalistas.
El régimen fue desde el principio militarista. La vida cotidiana se llenó de desfiles, uniformes y símbolos castrenses. En cualquier acto público se exaltaba a la bandera o al himno nacional. La radio y la prensa recordaban permanentemente la guerra, la victoria y el papel del ejército en la defensa de la unidad de la Patria.
Por último, hubo una serie de rasgos fascistas muy marcados. Entre ellos estaban los símbolos y los uniformes, inspirados en los del fascismo italiano o el nazismo alemán; la existencia de un partido único; la exaltación del Caudillo; el desprecio a las instituciones; o la violencia como medio de control de masas.
Las bases sociales
La dictadura devolvió a la oligarquía terrateniente y financiera su hegemonía. No sólo recuperaron sus empresas y propiedades, sino también su dominio de la vida social. Fueron, además, los principales beneficiarios de la economía intervencionista de las primeras décadas del franquismo. A ella se incorporaron militares y falangistas, así como personajes enriquecidos por la guerra y los negocios.
El régimen franquista contó también con el apoyo de las clases medias rurales, sobre todo en el norte y en ambas Castillas, así como de quienes en las ciudades se beneficiaron de las depuraciones masivas realizadas al término de la guerra entre funcionaros, maestros, profesores universitarios y militares republicanos.
Por el contrario, entre los jornaleros y el proletariado industrial la Dictadura apenas tuvo respaldo. Lo mismo ocurrió con buena parte de las clases medias urbanas, que habían sido republicanas. Pero una cosa era la disconformidad y otra muy distinta la oposición o la protesta. La represión sistemática, el miedo a la delación, la miseria generalizada y el hundimiento moral de la derrota desarmaron cualquier posibilidad de reacción durante varios años. Después, la propaganda, el aumento del bienestar a partir de los años sesenta y el relevo generacional, hicieron que una parte de estos sectores obreros y campesinos adoptaran una actitud de acomodamiento, de aceptación del régimen y de apoliticismo, cuando no de respaldo directo al franquismo.
En el nuevo régimen los partidos políticos fueron prohibidos. No sólo las organizaciones que habían apoyado a la república, cuyos dirigentes fueron recluidos en prisiones y campos de concentración, o simplemente ejecutados. Tampoco estaban permitidos los partidos de derecha, ni siquiera los que en su día habían apoyado la sublevación. Sólo se permitió la Falange, pero es significativo que se prohibiera a la prensa definirla como partido, y que pasara a ser denominada Movimiento Nacional.
Sin embargo, Franco no sólo se sirvió de la Falange, sino que buscó a sus colaboradores entre grupos ideológicos y corpotarivos distintos, que constituyeron los que, a falta de otro nombre, se conoce como “familias” del régimen.
La primera de ellas estaba constituida por los propios falangistas. La Falange no tenía ya nada que ver con el partido de José Antonio. Muerte el líder y marginados los viejos dirigentes, los Estatutos confirieron a Franco la jefatura única, y el partido se convirtió en cantera de dirigentes y cuadros para la dictadura. Sus organizaciones, como el Frente de Juventudes, la Sección Femenina o la Organización Sindical, dominaban la vida económica y social. En los primeros años los falangistas ocuparon los cargos más significativos, pero la derrota de las potencias fascistas en la Segunda Guerra Mundial hizo que poco a poco su presencia en los gobiernos fuera disminuyendo.
Los militares formaban otra de las familias. Muchos de los jefes sublevados fueron colaboradores directos de Franco tras la guerra, entre ellos el hombre que permaneció más tiempo junto al dictador, Carrero Blanco. Otros, sin embargo, se distanciaron y acabaron apartados del poder, demasiado críticos o prestigiosos para agradar al Caudillo. En todo caso, los militares no formaron nunca un grupo de presión, porque Franco cuidó siempre de mantener al ejército en un papel estrictamente subordinado a su persona.
Un tercer grupo influyente eran los católicos. Procedían de asociaciones de la Iglesia o, más tarde, del “Opus Dei”. Suministraron cuadros y dirigentes, en general con un alto nivel de formación técnica. Además, obispos y prelados participaron el las Cortes franquistas y en el Consejo del Reino. Sólo a raíz del Concilio Vaticano II, en 1962, se produjo un distanciamiento progresivo entre la jerarquía española y la Dictadura, que terminó incluso en abierto conflicto en los años setenta. Ello no impidió que miembros del “Opus Dei”se mantuvieran en el poder hasta la muerte del dictador.
También los monárquicos colaboraron. Los carlistas tuvieron un papel secundario. Los demás creían que, terminada la guerra, la Dictadura dejaría paso a la Monarquía, encarnada a partir de 1941 en Don Juan de Borbón, hijo de Alfonso XIII exiliado en Portugal. Pero Franco les decepcionó, al negarse a dejar el poder. Sin embargo, y pese a la tirantez con Don Juan, muchos monárquicos colaboraron con el régimen y ocuparon puestos claves, de forma especial en el cuerpo diplomático.
En realidad, todas estas familias no dejaban de ser ficticias. Franco, que carecía de una ideología política clara, elegía a sus colaboradores al margen de etiquetas. Para hacer carrera se precisaba una lealtad personal, prudencia y carencia de mayores ambiciones. El dictador evitó siempre que nadie acaparara demasiado poder, y recelaba de quienes mostraban criterios propios. Además, buscó siempre equilibrar la participación de los diferentes grupos en el Gobierno y en los altos cargos del sistema.
Transformaciones culturales. Cambio en las mentalidades. La educación y la prensa.
Una vez fallecido Fernando VII,
quien había ejercido una feroz represión sobre todos los ambientes culturales, la
vuelta de los exiliados, propició que en el primer tercio del siglo XIX
apareciese en España el movimiento romántico, que ya estaba implantado en el
ambiente cultural europeo, y que presentaba la siguientes características: la
exaltación de los sentimientos, de la historia nacional, de los valores
espirituales, el gusto por los ambientes agitados y fantasmagóricos y por las
historias ambientadas en la época medieval. Escritores importantes serán
Martínez de la Rosa y el Duque de Rivas, quienes desarrollaron una literatura
basada en los valores nacionales tradicionales, mientras que otros autores
optaron por una literatura revolucionaria, como Mariano José de Larra o José de
Espronceda, espoleados por su propia experiencia de exilio. Pero la tendencia
más conservadora se impuso con autores como Mesonero Romanos, José Zorrila o
Estébanez Calderón. Más tardío será Gustavo Adolfo Bécquer, con predominio del
teatro histórico y la novela.
El romanticismo en Europa supuso una
visión muy negativa de la situación española, pues lo numerosos viajeros que
pasaron por España (Georges Borrow, W. Irving, Prospere Merimée), hablaron de
un país atrasado económica y políticamente: Se trasmitió la imagen tópica de un
pueblo de campesinos analfabetos, fanatizados por el catolicismo, sumidos en el
miedo a la Inquisición y la intolerancia, unidos a la violencia de los
bandoleros o las corridas de toros, y ambientados en un paisaje medieval muy
querido por el romanticismo.
A partir de mediados de siglo se inicio el movimiento realista en
la literatura, cuyos representantes más insignes fueron López de Ayala, Tamayo
y Baus, Fernán Caballero (seudónimo de Cecilia Böhl de Faber) o Pedro Antonio
de Alarcón. Los argumentos de sus obras pretenden describir la realidad con la
precisión de un observador imparcial, tratando con tono moralizante temas como
la vida moral, los problemas de conciencia, el matrimonio, le fidelidad, etc. El
realismo respondió al auge de la burguesía, que a lo largo del siglo XIX fue
situándose en el lugar predominante de la nueva sociedad liberal. Los valores a
inquietudes de esta clase social (individualismo, materialismo, deseo de
ascenso social y aprecio de lo cotidiano), fueron los temas recurrentes de la
literatura.
El modernismo, surgido a finales del siglo XIX, fue un movimiento
cultural y artístico de origen europeo que se caracterizó por un concepto
subjetivo de belleza que buscaba la originalidad. Sus seguidores pretendían
crear un estilo nuevo y refinado, que representase los gustos de la burguesía
urbana y cosmopolita. Los modernistas rechazaban la vulgaridad del realismo y
se inspiraban en el mundo de la fantasía y en la naturaleza. ( abarcó:
arquitectura, literatura, pintura, música... y alcanzó su plenitud en
Cataluña).
En este periodo nacieron dos
instituciones que encabezaron el movimiento intelectual burgués. El Ateneo
Científico y Literario, creado en 1835, que se organizó en cátedras a través de
las cuales impartieron cursos los más importantes representantes del mundo
literario, artístico, científico y político. A esta se sumo el Liceo Artístico
y Literario, que contribuyó también al desarrollo de las letras y las artes.
Ambas instituciones estuvieron dominadas por los moderados.
En la Universidad española, anclada
en un ambiente conservador, comenzó a desarrollarse una corriente crítica, conocida
como el krausismo, y que aglutinó a varios catedráticos de la misma. Fue Julián
Sanz del Río, catedrático de Historia de la Filosofía en la Universidad
Central, quien de su permanencia durante varios años en Alemania, trajo consigo
las ideas del filósofo alemán Krause, y comenzó a difundirlas a través de su
cátedra. Krause es un filósofo de segunda fila, de quien los universitarios
progresistas extrajeron dos principios
básicos: la reflexión individual y la actitud moral. Esto les hizo ser cada vez
más críticos con el dominio ideológico que la Iglesia ejercía sobre la
Universidad española, hasta acabar enfrentándose al poder político, lo que
supuso la expulsión de algunos de ellos de la Universidad, que dio origen a los
sucesos que terminaron con la trágica noche de San Daniel. El krausismo supuso
el único atisbo de reflexión libre en la Universidad española, agobiada por la
densa atmósfera doctrinal que nacía de la Iglesia. Pero ni en el ámbito del
pensamiento, ni en el de la ciencia, el krausismo supuso aportaciones
originales o avances dignos de tener en cuenta.
En el último tercio de siglo comenzaron a introducirse en España el
positivismo y el darwinismo. La influencia del positivismo de Compte impulsó la
incorporación de los modernos métodos científicos, basados en la observación y
la experimentación, al estudio de los fenómenos sociales dejando de lado las
especulaciones metafísicas e idealistas del pasado. Por su parte se extendieron
en España las teorías darwinistas a través de la Institución Libre de
Enseñanza, donde Charles Darwin fue nombrado profesor honorario. Esto supuso un
ataque feroz de los medios eclesiásticos a la proliferación de las teorías
darwinianas.
Cambio de
mentalidades
Un sector del liberalismo español defendió la conveniencia de poner fin
al predominio de la moral católica en todos los ámbitos sociales y laicizar la
vida pública.
Además, a finales de siglo, una parte de la clase trabajadora empezó a
manifestar actitudes anticlericales, asociando la Iglesia con los grupos
poderosos que la dominaban. La burguesía (la nueva categoría social del
dinero), que residía esencialmente en las grandes ciudades deseaba mostrar en
público su poder y su riqueza; las formas de ocio y diversiones pasaron a
comercializarse y a convertirse en un producto al alcance de quienes lo
pudieran comprar. Las élites frecuentaban esencialmente la ópera, los
espectáculos más exclusivos y numerosos teatros. Pero fue el gran momento de
los casinos y círculos de propietarios, (clubs o sociedades privadas) en las
que los notables de un lugar, empresarios o propietarios agrícolas se reunían,
tomaban café, celebraban fiestas, discutían de política o pasaban el tiempo en
tertulia o juegos de azar.
A finales de siglo, entre las clases populares urbanas se extendió la
asistencia a los cabarets, los cafés con funciones que atraían un público
variado, los bailes y las verbenas. Las corridas de toros continuaban, sin
embargo, siendo el espectáculo más popular y frecuentado. Igualmente, entre los
trabajadores, la taberna era el centro de reunión. Pero la influencia de las
ideas socialistas y anarquistas y el aumento de la alfabetización de los
obreros comportaron la fundación de ateneos obreros, círculos obreros o casas
del pueblo, que eran el lugar de formación, discusión y entretenimiento de las
clases populares.
Lo que no cambió en las mentalidades de esta época (salvo en
personas individuales o grupos sumamente reducidos y ya en el primer tercio del
siglo XX ) fue el papel de la mujer en la sociedad manteniéndose un concepción
tradicional que las subordinaba a los hombres y las privaba de todo derecho
jurídico o político. En esa condición subsidiaria, sometida al mundo masculino,
se encontraban todas las mujeres.
El feminismo tuvo poco desarrollo, centrado en reivindicaciones de
tipo social como el derecho a la educación o al trabajo. La reivindación
política fue tardía y no tuvo la influencia que las sufragistas adquirieron en
otros países europeos o americanos. Las dos grandes figuras del siglo serán
Concepción Arenal, quien se convirtió de forma autodidacta en una penalista de
reconocido prestigio y desarrollo una importante labor como visitadora general
de prisiones de mujeres, y Emilia Pardo Bazán, escritora naturalista que adopta
la reivindación feminista denunciando el poco avance en la igualdad de derechos
respecto de los hombres (sufragio universal, libertad de cultos, etc.), antes
bien planteando el incremento de la distancias entre sexos. De hecho a finales de siglo el analfabetismo
femenino rondaba el 70%.
La prensa
El triunfo de la revolución liberal
supuso un cambio fundamental respecto de la libertad de expresión. Desde 1834
se suceden varios decretos y reformas de la legislación sobre imprenta y
publicaciones. A lo largo del reinado de Isabel II convivió la declaración
teórica de libertad de expresión con una serie de restricciones que, en la
práctica, dejaba en manos gubernativas la decisión sobre la publicación de
prensa y libros. Sin embargo, y a pesar de las trabas, la prensa adquirió en España
un desarrollo excepcional: en 1836 se publicaban sólo en Madrid 43 periódicos,
y en 1850 la cifra alcanzaba los 120. Las etapas moderadas se caracterizaron
por una más estricta censura, pese a lo cual el periodismo español de la época
fue especialmente abierto, si lo comparamos incluso con países que ya entonces
tenían un régimen más liberal. Los periódicos se alinearon, en su mayoría, y de
forma más o menos explícita, con los dos grandes partidos dinásticos.
Entre los medios de difusión del
pensamiento sobresalió la lectura en bibliotecas públicas y privadas. El mundo
editorial tenía su centro en Madrid, donde se concentraba gran parte de la
prensa, difundida luego a todo el país mediante el ferrocarril y el correo.
Entre los diarios de mayor tirada del siglo destacaron “La correspondencia de
España”, de tendencia liberal moderada; y “El Imparcial” y “El Liberal”, ambos
liberales democráticos. “La Época” era el periódico conservador de las clases
medias acomodadas y de la aristocracia; el diario “La Vanguardia”, de
Barcelona, se convirtió en el medio de difusión de las clases altas catalanas,
rivalizando con el “Diario de Barcelona”. La cultura se difundía también a
través de las denominadas “sociedades de hablar”, reuniones más o menos
formales donde se discutían las novedades culturales y políticas del momento:
eran las sociedades patrióticas, los liceos (clubes sociales de recreo cultural
y artístico) y los cafés literarios, en los que se organizaban tertulias
estables como la de “El Parnasillo” en Madrid.
Dentro de la prensa, la variable humorística y satírica, tendrá su
espacio propio. El régimen de libertades inaugurado por la revolución de 1868
propició un extraordinario florecimiento de una prensa con alto contenido
satírico, que se expresaba, sobre todo en los semanarios humorísticos. Este
tipo de publicaciones, que han legado algunas de las más inteligentes, claras y
críticas visiones de la política del siglo XIX.
La prensa humorística tiene una de sus piezas claves en la caricatura y
la historieta críticas, realizadas con humor agudo y sátira demoledora. Estos
medios consiguieron llegar a los lectores de forma clara y amena, y expresaron
sus mensajes de forma sencilla para un público escasamente ilustrado que
entendiera mucho mejor un dibujo o una caricatura que densos artículos
políticos. El lector identificaba a políticos, gobernantes o personajes
populares por las caricaturas, que presentan la ventaja de que no muestran la
imagen real como lo hace una fotografía, sino que remarcan los rasgos físicos
más relevantes de los personajes, o deforman la realidad en función del mensaje
que se pretende transmitir.
Ejemplos de toda ella serán: La Carcajada, La Esquella de la
Torratxa, La Flaca, La Campana de Gracia, La Madeja, El Loro, El Quijote, La
Tribuna, Cu-Cut,.....
La educación
Durante el siglo XIX
las constituciones van a propugnar como un derecho fundamental de los
ciudadanos la instrucción. Pero la realidad es que la mayoría de la población
es analfabeta, y la enseñanza está en manos de la Iglesia que la dirige
principalmente hacia las clases medias y la oligarquía. No obstante los liberales
al considerar la educación como un instrumento para el desarrollo humano van a
potenciar la enseñanza pública, intentando además quitar el poder que la
iglesia tiene sobre la misma. A pesar de su intención, la inversión estatal en
educación será mínima durante todo el siglo XIX, no llegando a un 1% del
presupuesto estatal. Dos serán los intentos de conseguir mejorar este panorama,
plasmados en las leyes Pidal y Moyano.
Pedro José Pidal
intentará durante la década moderada regular la enseñanza basad en tres
niveles, enseñanza básica, media y universitaria. Respecto de ellas, la
enseñanza básica, estará a cargo de los maestros quienes serán contratados por
los ayuntamientos, que cuentan con poco presupuesto y ofrecen salarios tan
bajos que los maestros tienen que realizar otros trabajos para su sustento, lo
que provoca una deficiente labor docente. La enseñanza media intentará
desarrollarse a través de la construcción de un instituto al menos por cada
provincia, pero el número de alumnos es escaso, principalmente compuesto de las
clases medias urbanas. Las universidades son diez y será el Estado el encargado
de su gestión.
La
conocida como ley Moyano (Ley de Instrucción Pública de 1857), desarrollada por
Claudio Moyano, desarrolla la misma estructura educativa en tres niveles, donde
el Estado interviene y controla todo el sistema educativo. Por primera vez se
establece la enseñanza primaria como gratuita y obligatoria para los
comprendidos entre los 6 y 9 años y demostrasen no tener ingresos. Se creó una
red educativa que incluía las escuelas para adultos en horario nocturno y en
días festivos. El número de analfabetos disminuyó pero no en grado suficiente.
Las niñas fueron las grandes perjudicadas, pues su escolarización fue muy
inferior a los niños y su grado de analfabetismo mayor (a las mujeres no se les
autorizó a matricularse en la enseñanza media, bachillerato, hasta 1883). La
realidad fue que la escolarización sólo acogió a una pequeña cantidad de los
posibles alumnos, si bien en continuo crecimiento, al igual que la enseñanza
secundaria que ve aumentar el número de alumnos considerablemente, pero
disminuyendo en número de alumnos en los centros públicos, mientras aumentó el
de instituciones privadas y los de congregaciones religiosas. El primer
instituto femenino se inauguró en 1910 en Barcelona. La enseñanza universitaria
será coto de una pequeña parte de la población, pues en 1900 sólo acogía a
15.000 alumnos. La Universidad estaba controlada por el estado de forma con una
enseñanza uniforme y centralista, sin libertad de cátedra, donde sólo la
Universidad Central de Madrid impartía todas las licenciaturas y podía conceder
el grado de doctor. Las carreras que se podían estudiar eran Derecho, Medicina,
Farmacia, Ciencias y Filosofía y Letras, surgiendo después algunas Escuelas
Politécnicas y de Bellas Artes y creándose por primera vez Escuelas para Formar
a los Profesores Escuelas Normales). La presencia de las mujeres en la
Universidad requería un permiso de la Administración, de forma que alguna como
la escritora Concepción Arenal llegó a disfrazarse de hombre para asistir a las
clases.
El sexenio había
sido una época de amplia libertad de cátedra en las universidades. Pero en 1875
se produjo una regresión, cuando el gobierno dio órdenes de vigilar la
orientación de la enseñanza que se impartía y de censurar cualquier
manifestación crítica contra la monarquía y el dogma católico, lo que produjo una
reacción en contra de algunos profesores.
Así surgió la
Institución Libre de Enseñanza en 1.876, creada por un grupo de profesores,
entre los que se encuentran Nicolás Salmerón, Francisco Giner de los Ríos y
Gumersindo Azcárate, expulsados de la Universidad por lo que se conoce como la
segunda cuestión universitaria, surgida por la oposición que estos profesores
llevan a cabo a la política del ministro Orovio quien impone que el sistema
educativo debía ajustarse a las normas oficiales en materia religiosa, política
y moral. Frente a Orovio los expulsados defienden la libertad de enseñanza y
cátedra.
Fuera de sus aulas, Francisco Giner de los Ríos promueve la
Institución que
inaugura sus clases el 29 de octubre de 1876, en el número 9 de la calle Esparteros.
Entre sus enseñanzas ofrece varias de grado superior y las de segundo grado.
La ILE, heredera de los postulados del krausismo, introdujo en
España una pedagogía de vanguardia inspirados en el quehacer del suizo
Pestalozzi, que buscaba la formación integral del individuo en plena libertad y
mediante el fomento de la curiosidad científica, el antidogmatismo y la actitud
crítica. La ILE rechazaba cualquier filiación política o religiosa, si bien sus
profesores eran en su mayoría cristianos.
La ausencia de exámenes y libros
de texto, el estudio directo de la realidad, el respeto a la intimidad y a la
autonomía del estudiante que Giner practicaba en sus clases universitarias se
ven allí ampliados y desarrollados en el terreno de la segunda enseñanza.
Ampliando su esfuerzo educativo la
Institución, sostenida y alentada por el mismo Giner, edita un Boletín de la
I.L.E. (B.I.L.E.), instrumento de expansión de las ideas institucionistas y
apasionante testimonio del abanico de inquietudes intelectuales de la época.
Hasta que la guerra civil le haga
cerrar sus puertas en 1.936 la Institución fue un vivero de gente interesada en
la evolución intelectual y el progreso de España, desde distintas ópticas
políticas, basada en la formación como medio de conocer la realidad y de
conseguir transformarla en beneficio social. En este intento estuvieron
comprometidos desde Joaquín Costa a Julián Besteiro o Bartolomé Cossío, con la
inestimable colaboración a través del Boletín de intelectuales de la talla de Bertrand Russell, Henri Bergson, Charles
Darwin, John Dewey, Santiago Ramón y Cajal, Miguel de Unamuno, María Montessori, León Tolstoi, H.
G. Wells, Rabindranath Tagore, Juan Ramón Jiménez,
Gabriela Mistral, Benito Pérez Galdós, Emilia Pardo Bazán, Azorín, Eugenio
D'Ors, Ramón Pérez de Ayala, como Julián Sanz del Río,
Antonio Machado Álvarez, Antonio y Manuel Machado Ruiz, Julio Rey Pastor, Luis Simarro, Nicolás Achúcarro,
Francisco Barnés o Alice Pestana. Un elenco de intelectuales diversos que
a través del Boletín supusieron una gran contribución al desarrollo cultural de
España.
Pero la ILE fue excepcional. La
educación en España siguió dominada por la enseñanza tradicional, basada en
métodos anticuados y muy poco críticos, que rechazaban las aportaciones científicas
y que estaba sometida a una fuerte vigilancia por parte de la jerarquía
católica. El nuevo régimen devolvió el control de la educación a la iglesia,
que contaba con cerca de 50.000 religiosos y religiosas dedicados a la
enseñanza. Su dominio era absoluto en la enseñanza primaria, en la que apenas
intervenía el Estado. Este cubría la segunda enseñanza, que contaba con unos 50
institutos en las grandes ciudades, ocupados por los hijos de las familias
ricas. Tampoco se hizo mucho por evitar el analfabetismo reinante, pues todavía
en 1900, el 65% de los españoles eran analfabetos. A finales del siglo sólo
había 15.000 alumnos universitarios en toda España y menos de 30.000 en
secundaria (en 1883, 160 muchachas estaban estudiando bachillerato y 9 estaban matriculadas
en la universidad).
La ciencia y la investigación se
limitaban a la labor asilada y no reconocida de un puñado de personalidades que
apenas podían avanzar ante la falta de medios materiales y de apoyo por parte
de las instituciones públicas y privadas. Los problemas de Santiago Ramón y
Cajal en sus primeros años de investigación son un buen ejemplo de ello. La
polémica desatado por las teorías de Darwin, condenadas sin paliativos por la
iglesia, es, por otra parte, un reflejo perfecto del ambiente que se respiraba.
Transformaciones sociales. Crecimiento demográfico. De la sociedad estamental a la sociedad de clases. Génesis y desarrollo del movimiento obrero en España.
Transformaciones sociales. Crecimiento demográfico.
En España el crecimiento demográfico
fue importante, aunque dista mucho de ser igual a los países industrializados.
La población pasó de 11,5 millones de habitantes en 1800 a 18,6 millones en
1900.
Este crecimiento demográfico menos
importante, comparado con otros países europeos, se debió al mantenimiento de
una tasa de mortalidad elevada, consecuencia de las guerras civiles, la tardía
evolución industrial y la persistencia de algunas epidemias como el paludismo o
el cólera. Durante el siglo XIX sucedieron varias crisis demográficas, debidas
sobre todo al cólera, en los periodos 1834-35, 1853-56, 1859-60 y 1885.
Para el siglo XIX, existen una serie
de características constantes de la población, que fundamentalmente son un movimiento
de población hacia la periferia, el incremento de la población absoluta, un
ligero aumento de la población urbana, unido a una disminución de la población
en el sector primario, que se traslada hacia los sectores secundario y
terciario.
Son los años centrales del siglo,
1820-1860, cuando se produce un mayor crecimiento, una vez terminada la
emigración a las colonias americanas, favorecida por el aumento de la
producción agrícola. Los años finales del siglo supusieron un ritmo lento de
crecimiento, donde natalidad y mortalidad descendían lentamente, pasando la
primera de un 3,6 % en 1877 a un 3,4 % en 1900 y la segunda de un 3,04 % a 2,9
% en los mismos años, muy alta comparada con la mortalidad europea que estaba
en un 1,8 %. Esta elevada mortalidad tiene sus causas en el atraso médico,
económico y social.
El crecimiento de población también
se vio influido por unas corrientes migratorias hacia el exterior, dirigidas
principalmente a América, África y Francia, debidas a la presión demográfica en
zonas rurales. También comienza a desarrollarse una emigración hacia las zonas
periféricas más industrializadas (Cataluña, País Vasco, Valencia) y Madrid,
mientras que en centro va perdiendo peso demográfico.
Con la llegada del siglo XX, estos movimientos migratorios se
intensificarán, con un claro descenso de la población dedicada a la
agricultura. Asimismo en este primer tercio de siglo XX la población creció más
rápidamente por un descenso de la tasa de mortalidad y un mantenimiento, con
leve tendencia a la baja, de la tasa de natalidad. La esperanza de vida
aumenta, pasa de 34,8 años en 1900 a 50 años en 1930. Estos cambios se debieron
a la desaparición de algunas de las epidemias tradicionales (a pesar de la
gravedad de la de gripe de 1918), y los cambios económicos, que mejoraron la
alimentación, y las mejoras en la infraestructura sanitaria y la higiene
pública.
De la sociedad estamental a la sociedad de clases. Génesis
y desarrollo del movimiento obrero en España.
El tránsito a la economía
capitalista supuso un cambio social. La nueva sociedad se fundamentó en la
propiedad y no en el linaje.
La nueva clase dirigente se nutrió de la alta burguesía y de la
vieja aristocracia terrateniente, que conformaron una oligarquía de
propietarios en la cúspide de la sociedad. La alta nobleza conservó sus
títulos, aunque perdió sus privilegios feudales y se integró en los grupos
dirigentes de la nueva sociedad en razón de sus propiedades territoriales y de
sus negocios. La alta burguesía fue la nueva clase que emergió al beneficiarse
con la compara de tierras desamortizadas y con las inversiones en industrias y
ferrocarriles. Se constituyó así un oligarquía terrateniente, industrial y
financiera, resultado de la alianza- a veces incluso matrimonial- entre la
vieja nobleza y la nueva burguesía propietaria. Esta oligarquía se erigió en
clase dominante del nuevo régimen liberal. Dos grupos sociales daban apoyo y legitimación
a esta oligarquía, los eclesiásticos, que habían disminuido en número pero
vivían a la sombra del Estado, y el ejército, continuamente implicado en la
vida política.
Por dejado de ella, una débil clase media urbana de pequeños
comerciantes, funcionarios y rentistas luchaba por mantener su posición social
diferenciada del proletariado.
Las clases populares suponían el 80 % de la población, y dentro de
ellas la gran mayoría de los españoles seguían siendo campesinos, en su mayor
parte jornaleros o pequeños arrendatarios, cuyas condiciones de vida no
mejoraron con los cambios, sino más bien al contrario. De hecho los campesinos
fueron los grandes sacrificados de las reformas liberales: no ser reconocieron
sus derechos sobre las tierras señoriales ni se les facilitó el acceso a las
propiedades desamortizadas, lo que explica su oposición al régimen y el apoyo
de algunos sectores a la causa carlista.
El proletariado urbano, sobre todo en las zonas industriales-
Barcelona, Bilbao- fue la nueva clase en aumento, aunque todavía minoritaria,
que se nutrió del éxodo rural y de los antiguos artesanos arruinados. Los bajos salarios, el paro estacional y los
efectos de la crisis, con sus secuelas de hambre y enfermedad, se mantuvieron
como una amenaza permanente. En dichas clases populares se incluían el importante
número de sirvientes, los obreros de las fábricas y las minas y los mendigos.
Las
condiciones de vida de la clase obrera.
El
principal cambio social fue la aparición de la clase obrera industrial, aunque
la proporción que representaba al principio era pequeña, sólo significativa en
Barcelona, Madrid y el núcleo siderúrgico malagueño.
El desarrollo de la industria del
algodón y la primera siderurgia hicieron afluir a la ciudades a miles de
trabajadores agrícolas en paro o que habían sido expulsados por las guerras o
la expropiación de sus tierras. El resultado fue el crecimiento de los barrios
obreros, formados por barracas y chabolas construidas precipitadamente, sin
saneamientos, empedrado, alumbrado ni limpieza. Carentes de todo tipo de asistencia
pública o privada, eran foco seguro de enfermedades infecciosas, entre las que
la tuberculosis y el cólera destacaron por sus efectos catastróficos.
El trabajo en las fábricas implicaba
jornadas de 12 a 14 horas, con ruidos estridentes y continuos, procedentes de
las máquinas, el polvo de algodón o las partículas de metal o ceniza que hacían
el aire irrespirable, sin ninguna seguridad, con accidentes frecuentes y sin
otro descanso que los domingos. La vida media de los obreros catalanes era de 19
años, frente a los 40 de la clase alta de la ciudad. Trabajaban por igual
hombres, mujeres y niños de corta edad.
Los salarios eran muy bajos y apenas
permitían una alimentación consistente básicamente en pan, habichuelas y
patatas. A las enfermedades infecciosas había que añadir las sociales: el
alcoholismo y las enfermedades venéreas, inevitables en un medio social
embrutecido en el que se hacinaban familias enteras en habitaciones
compartidas. El analfabetismo era general: afectaba al 69% de los hombres y el
92% de las mujeres.
Cuando se producía una crisis, las
ventas caían en picado y entonces los despidos se multiplicaban. El paro
llevaba inexorablemente al hambre y a la enfermedad. A menudo la delincuencia
era la única opción, por lo que se convirtió en otro de los males endémicos de
los barrios obreros.
El movimiento obrero durante el reinado de Isabel II
Al principio los trabajadores no
comprendían bien qué estaba pasando. O bien procedían de una sociedad
campesina, en la que la jornada la marcaban el clima y las faenas agrícolas, y
en la que las condiciones de vida eran más saludables, por dura que fuera la
tarea, o bien venían de antiguos talleres artesanos, en los que el trabajo
estaba regulado y protegidas sus condiciones de vida y vivienda. La supresión
de los gremios había acabado con todo el sistema de asistencia y socorro mutuo
que antiguamente protegía al trabajador frente a la adversidad.
La incorporación del vapor a las
fábricas, al inicio de la década de 1830, provocó despidos y generó algunos
episodios de destrucción de maquinaria, como el incendio de la fábrica
Bonaplata en Barcelona (1835). Pero el luddismo apenas tuvo repercusión
en España.
Los primeros atisbos de organización
obrera fueron las sociedades de ayuda mutua. En 1840 se fundó la Sociedad de
Protección Mutua de Tejedores de Algodón. Pronto proliferaron por todo el país
sociedades semejantes. Al principio solo pretendieron defender los salarios,
sin llevar más lejos sus peticiones. Pero en 1844 los moderados las prohibieron
y la mayoría de ellas pasó a la clandestinidad. También hubo algunos
partidarios del socialismo utópico, pero sus proyectos apenas tuvieron
repercusión.
La falta de una conciencia de clase
llevó a los obreros de Barcelona en 1842 a hacer causa común con sus patronos
en la defensa del proteccionismo. Muchos de ellos cayeron en los combates
callejeros contra las tropas de Espartero. Lo mismo ocurrió en 1848, cuando la
revolución europea apenas tuvo repercusión en España.
La experiencia del Bienio
Progresista resultó decisiva. Tras participar en la revolución, el movimiento
obrero cobró un gran desarrollo. Se sucedieron las protestas contra la
generalización de las hiladoras y tejedoras mecánicas (selfactinas), y los
disturbios llevaron a frecuentes choques en la calle contra las tropas. En
julio de estalló en Barcelona una huelga general en defensa del derecho de
asociación. Dos obreros fueron enviados a Madrid para exponer sus quejas a los
diputados, en un escrito respaldado por 33.000 firmas procedentes de todo el
país.
Pero la Ley del Trabajo que
finalmente aprobaron las Cortes era decepcionante y defendía en realidad los
intereses patronales. Establecía la media jornada para los niños y un máximo de
10 horas para los menores de 18 años, y limitaba las asociaciones al ámbito
local y siempre que no rebasaran los 500 miembros. Sólo aceptaba los convenios
colectivos en empresas de menos de 20 trabajadores, y establecían jurados para
arbitrar conflictos compuestos exclusivamente por patronos.
A partir de entonces los dirigentes
obreros comprendieron que los progresistas no iban a defender su causa, por lo que pasaron a
alinearse con los demócratas y republicanos.
Durante el gobierno de la Unión
Liberal el movimiento obrero permaneció aletargado, en parte por la prosperidad
económica, pero también por la dura represión gubernamental. Hay que destacar la importante labor de
formación cultural y de concienciación política que desempeñaron diversas
academias obreras, como el Fomento de las Artes de Madrid o el Ateneo de la
Clase Obrera de Barcelona. A ellas acudían los trabajadores a recibir clases de
aritmética o de gramática, pero también se discutían los problemas de las
fábricas y las ideas socialistas.
A partir de 1863 volvieron las
movilizaciones de la clase obrera, ahora abiertamente politizadas. Sus
dirigentes y los intelectuales próximos a sus inquietudes participaron
activamente en las sucesivas conspiraciones que se organizaron contra el
régimen de Isabel II. La participación de los obreros sería decisiva,
finalmente, en la revolución que en 1868 puso fin al reinado.
El
movimiento obrero en el sexenio: la Internacional.
La revolución de 1868 despertó las
esperanzas de obreros y campesinos, que creyeron que con ella comenzaría el
proceso de reformas sociales largamente esperado. La detención del proceso
revolucionario, la permanencia de las quintas y la simple sustitución de los
consumos, y más tarde el mantenimiento de la
monarquía, provocaron la separación definitiva del movimiento obrero
respecto de los partidos demócrata y republicano, y la rápida implantación en
España de la Internacional.
La
Asociación Internacional de Trabajadores
La
Asociación Internacional de Trabajadores (AIT,
también conocida como Primera Internacional para diferenciarla de las
que surgirían después) se fundó en Londres en 1864, con la intención se
coordinar y aunar los esfuerzos de todos los trabajadores del mundo. El
manifiesto inaugural y los estatutos fueron elaborados por Marx. Pero, junto al
pensamiento marxista, aparecieron dentro de la Internacional otras
posiciones ideológicas, entre las cuales destacaba la corriente anarquista,
encabezada por Bakunin. No obstante, hasta el Congreso de la Haya
(1872) no se confirmó la escisión definitiva del movimiento obrero
internacional:
-
Marx consiguió en este congreso que
se aprobara la necesidad de constituir
partidos políticos de la clase obrera, así como la expulsión de Bakunin
de la AIT.
-
Bakunin, por su parte, se reunió en
la localidad suiza de Saint-Imier con sus partidarios, y se
autoproclamaron legítimos continuadores de la AIT.
La
corriente socialista del movimiento obrero optaría por fundar la Segunda
Internacional, acto que tuvo lugar en París en 1889, con motivo del primer
centenario de la Revolución francesa.
En octubre de 1868 llegó a España
Giuseppe Fanelli, un miembro de la Asociación Internacional de Trabajadores
(AIT), enviado por Mijail Bakunin con el objetivo de organizar la sección
española de la Internacional sobre la base de las tesis anarquistas que
propugnaba el líder ruso. Fanelli estableció dos secciones, en Madrid y
Barcelona, esta última la más sólida.
Al mismo tiempo, las huelgas y
protestas se extendían por todo el país, con especial virulencia entre los
jornaleros andaluces, y muchos obreros participaron activamente en la
insurrección federalista de septiembre de 1869, si bien sus líderes comenzaron
a desmarcarse del movimiento republicano, que consideraban burgués.
En junio de 1870 se celebró en
Barcelona el I Congreso de la sección española de la Internacional. El Congreso
reguló la organización de secciones y federaciones de oficios, y fijó objetivos
sindicales y políticos. La mayoría catalana impuso la orientación anarquista de
no colaboración ni alianza con los partidos burgueses.
En la primavera de 1871, ya bajo el
reinado de Amadeo de Saboya, sobrevino la insurrección de la Comuna de Paris.
El impacto que la revolución causó en las clases dirigentes europeas fue
enorme, y en España se tradujo en una serie de medidas represivas contra la
AIT. Se prohibieron las reuniones y las huelgas, se cerraron los periódicos y
fueron detenidos varios líderes obreros.
El gobierno de Sagasta trató de ilegalizar la AIT, con el apoyo de
las Cortes, pero el Tribunal Supremo lo impidió, por considerar que la norma no
era constitucional. Eso no impidió que el Congreso de Zaragoza, celebrado en
abril de 1872, fuera disuelto por el Gobierno durante su desarrollo.
Por otra parte,
en diciembre de 1871 había llegado a la capital el dirigente de la
Internacional, Paul Lafargue, partidario de la corriente marxista. Entró en
contacto con el núcleo madrileño, cuyos principales miembros aceptaron sus
tesis. Tras el Congreso de Zaragoza, en junio, los líderes marxistas madrileños
fueron expulsados, y un mes más tarde fundaron la Nueva Federación Madrileña,
que pronto se convirtió el la sección española del ala marxista de la AIT.
Meses después, la escisión en la Internacional se consumaba en el Congreso de
la Haya.
Al comenzar 1873 la Internacional Española contaba con más de
25.000 afiliados, un tercio de ellos catalanes. Estaba claramente implantada
entre los obreros textiles, la construcción, las artes gráficas y parte del
campesinado andaluz. Entre los dirigentes había una mezcla de obreros e intelectuales
de clase media, estos últimos lo de ideología más radical y próxima al
anarquismo.
La proclamación de la República provocó una oleada de
manifestaciones y huelgas que forzaron a los patronos a hacer concesiones
importantes en jornada y salarios. Una vez más, Barcelona actuó como punta de
lanza del movimiento reivindicativo. En Andalucía hubo ocupaciones de tierras y
asaltos, aunque en la mayor parte de los casos los jornaleros actuaron al
margen de las consignas de la AIT.
Pero fue la participación obrera en la huelga de Alcoy y en el
movimiento cantonal, pese a la desaprobación de sus dirigentes, lo que fue
utilizado por los sectores conservadores para acabar con la AIT. El 10 de enero
de 1874, tras el golpe de Estado, el gobierno de Serrano decretó la disolución
de la Internacional. Para entonces la mayoría de los dirigentes había pasado a
la clandestinidad.
En conjunto, el sexenio significó una etapa de clara toma de
conciencia política y organizativa para el movimiento obrero español, así como
el momento de asimilación de las principales corrientes ideológicas que
existían en el mundo obrero europeo. Sobre todo trajo consigo la introducción
del anarquismo y del marxismo, y su implantación en España.
Marxismo
Teoría
sistemática que abarca desde lo filosófico hasta lo económico, elaborada por
Karl Marx y Friedrich Engels. A partir de un análisis de la Historia desde un
enfoque filosófico materialista, concluyen que el motor de la historia de la
humanidad es la lucha de clases (conflicto de intereses entre clases dominantes
y dominadas) que acaba produciendo el paso de un modo de producción a otro: del
esclavista al feudal, y de éste al capitalista. En este planteamiento la clase
obrera, en su lucha contra la burguesía sería la encargada de acabar con el
modo de producción capitalista para llegar al socialismo, en el que los medios
de producción (fábricas, tierras) no serían de la burguesía explotadora, sino
del Estado. Pero, para ello, es necesario que la clase obrera se dote de una
organización fuerte (partido político) que le permita la conquista del poder, y
la conversión del Estado en un instrumento al servicio de los trabajadores y de
la construcción del socialismo.
Anarquismo
Término que procede
del griego an-archos, que significa sin autoridad, sin jerarquías. A diferencia
del Marxismo, no es una teoría global sistematizada, sino un teoría política
con múltiples variantes, según el autor que la defienda, aunque se pueden
encontrar ideas comunes a todas las corrientes anarquistas : aspiración a una
sociedad sin Estado y sin gobierno, donde rija la libertad individual, la
igualdad y la justicia social; rechazo de cualquier forma de poder, ya sea
terrenal –el Estado – o sobrenatural – cualquier religión. En consecuencia, su
lucha se centra en combatir cualquier manifestación del poder, en especial del
Estado, como instrumento de opresión. La fricción entre anarquistas y marxistas
se debe a dos diferencias fundamentales: una de objetivos, ya que los
anarquistas pretenden al abolición del Estado, no su conquista por parte de los
trabajadores; y otra de estrategia, ya que los anarquistas rechazan lógicamente
la formación de partidos obreros y su participación en el juego político
burgués (elecciones, gobiernos, etc ).
La etapa de la Restauración
Durante este periodo, a pesar de
algunas iniciativas estatales como la Comisión de Reformas Sociales, creada en
1883 para impulsar informes y propuestas legislativas sobre problemas sociales,
se caracterizó por la despreocupación respecto a las reformas sociales. Esta
despreocupación se constata en el abandono que había en relación con la
instrucción pública en una sociedad en la que en 1877, el 71,5 % de los hombres
eran analfabetos, y el 81,6 % en el caso de las mujeres. La iglesia,
reconciliada con el régimen liberal, aprovechó la ocasión para fundar muchas
escuelas, pero casi todas estaban dirigidas a las clases medias y alta.
Al disolverse la Primera
Internacional (AIT), Marx había aconsejado la fundación de partidos marxistas
nacionales que actuaran con independencia en cada país. Siguiendo esta
consigna, el 2 de mayo de 1879 se fundó clandestinamente en España el Partido
Socialista Obrero Español (PSOE), formado por 25 personas, 20 obreros y 5
intelectuales. Fue presidido por el tipógrafo Pablo Iglesias. En 1881,
aprovechando la nueva Ley de Asociaciones del gobierno liberal de Sagasta, sus
impulsores inscribieron oficialmente el partido. Entonces el PSOE ya contaba
con 900 militantes.
Muy pronto convocó una huelga de
tipógrafos en Madrid, que, a pesar de tener poco incidencia, dejó sin
periódicos a la capital de España. Como consecuencia de esta huelga Pablo
Iglesias fue detenido, y muchos tipógrafos despedidos. Al no encontrar trabajo,
estos obreros se desplazaron a otros lugares de España, donde continuaron la
tarea de difusión de sus ideas.
Sin embargo, el PSOE creció de
manera lenta. Este lentitud suele atribuirse a dos factores: la rigidez de la
disciplina y la jerarquización del partido y el hecho de querer participar en
el sistema vigente mediante procedimientos políticos legales para conseguir sus
objetivos claramente revolucionarios, en un momento en que la clases obrera
estaba desencantada del régimen de la Restauración.
Durante la Exposición Universal de
Barcelona, el PSOE celebró su primer congreso en esta ciudad, poco después de la
fundación, en 1888, de la Unión General de Trabajadores (UGT), sindicato
vinculado al partido.
En la década de 1890, el socialismo
español comenzó a organizar las llamadas casas del pueblo, centros de reunión
con fines doctrinales, culturales y formativos. Por otra parte, reivindicó la
jornada laboral de ocho horas (de acuerdo con la consigna de la Segunda
Internacional), exigencia que se planteó el las concentraciones convocadas el 1
de mayo de cada año con motivo de la celebración de la fiesta internacional del
trabajo. Esta fiesta del trabajo se celebró por primera vez en nuestro país en
1890, con un importante nivel de participación en Madrid y en Barcelona. A
pesar de que Sagasta había permitido el derecho de voto a los obreros al
establecer el sufragio universal masculino, hubo que esperar hasta 1910 para
que en el Congreso de los Diputados hubiese un escaño ocupado por un diputado
socialista: Pablo Iglesias.
Al contrario que las socialistas, las
ideas anarquistas tuvieron un notable éxito en el movimiento obrero de Cataluña
y en la población campesina, sobre todo de Andalucía. Estas ideas se c entraban
en dos principios básicos: la libertad absoluta, sin jerarquías de ningún tipo,
y la bondad de la sociedad libre como obra de la naturaleza. Eran ideas
directas y sencillas que provocaron un gran entusiasmo.
El hecho de que el movimiento
anarquista no tuviera ficheros ni organización burocrática impide conocer con
certeza el número de afiliados, pero todo apunta a que contó con numerosos
seguidores. Por ejemplo, la “Revista Social”, que empezó a publicarse en la
década de 1870 para difundir las ideas anarquistas, tenía una tirada de 20.000
ejemplares, cifra muy elevada si se tiene en cuenta el grado de analfabetismo
de la población obrera. El propagador
del anarquismo en España fue también un tipógrafo: Anselmo Lorenzo.
La falta de organización de los
anarquistas fue su talón de Aquiles. Tanto en el Congreso de Sevilla (1882)
como en el de Valencia (1888), las discrepancias sobre la forma de actuar
llevaron caso a la disolución del movimiento. La desaparición de la
organización y la influencia de las nuevas ideas de “propaganda por el hecho” o
de “acción directa” de los anarquistas europeos (Bakunin, Kropotkin, Malatesta)
condujeron a algunos sectores de esta ideología al terrorismo. En la década de
1890, en Barcelona, el movimiento anarquista se inclinó por actuar mediante la
acción directa para avanzar en la lucha por la emancipación de la clase trabajadora.
El resultado fueron numerosos atentados terroristas.
Aprovechando las acciones
terroristas de una minoría, la legislación española contra el anarquismo se
endureció, y en 1896 se llegaron a crear cuerpos especiales de policía, bajo
mando militar, para actuar contra sus miembros en Barcelona y en Madrid. En
1897, la víctima del terrorismo anarquista fue el propio Cánovas del Castillo
que fue asesinado por el italiano Michele Angiolillo para vengar a los
anarquistas juzgados en el proceso de Monjuïc. A partir de esta fecha, la
actividad terrorista del movimiento obrero comenzó a disminuir.
En el campo andaluz, a causa de la
miseria reinante, se extendió el anarquismo revolucionario. En 1883, estalló el
asunto de la “mano negra”, una supuesta sociedad anarquista. Una huelga en la zona
de Jerez acabó en una serie de acciones violentas. La policía, a pesar de la
escasa consistencia de las pruebas de su existencia real, atribuyó los crímenes
cometidos a esta sociedad, y procedió a efectuar centenares de detenciones, que
terminaron con siete sentencias a muerte. Esta actuación policial y judicial
permitió a las autoridades debilitar el movimiento anarquista. No obstante, el
anarquismo siguió muy arraigado en la clase obrera andaluza.
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