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La Transformación de las ciudades Preindustriales a Industriales

A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX: Comienza el proceso de industrialización, marcado por el éxodo rural y por tanto, la población aumenta, haciendo que las ciudades también aumentaran. Pero hay un problema y es que no hay sitio para toda la población que ha emigrado.

Trazado:  Apareció el Tranvía. Se abrieron nuevas plazas y se construyeron grandes vías. En algunos casos, dentro del casco, rompiendo su trama, como capó con la Gran Vía,  y en otros se unieron el casco antiguo con el ensanche burgués. En sus edificios se instalaron funciones terciarias que las convirtieron en la calle principal de la ciudad. A partir de ellas se renovaron las calles próximas. Las calles resultan inapropiado para el tráfico y para las personas, provocando saturación y desaparición de plazas y jardines públicos. Esto se quiere a paliar penatolizando las calles y ensanchando y ajardinando plazas para que vuelvan a ser lugares de reencuentro.

Edificación:  en el siglo XIX tiene lugar la desamortización que expropia a los eclesiásticos grandes terrenos con huerto y jardines incluidos a veces y que ocupan una gran extensión de terreno. Los edificios unifamiliares se convierten en edificios en altura, se verticalizan, se utilizan nuevos materiales para su construcción como el hierro y el cristal, se construyen siendo cada fachada de diferentes estilos hasta que en 1960 se instala el estilo moderno. Las únicas excepciones fueron los cascos antiguos que se implantó una política de proteccionismo, haciendo que al no poder implantar nuevas medidas estos edificios históricos se deterioraran, además hubo un progresivo abandono de residentes. La construcción de dichos edificios con distintos estilos hace que el contraste entre barrios sea claro.

Usos del suelo: experimentan una progresiva terciarización. En la década de 1960 se consolida la terciarización haciendo que el casco antiguo se viera como una zona de comercio y de negocios. Se desplazaron los usos residenciales, crece la aglomeración de población en las calles y de tráfico causando un gran deterioro a los edificios históricos por la contaminación. Los barrios degradados pierden su multifuncionalidad e instalan otros con valor de ocio. Con las políticas de reavitalización de la década de 1960 se intenta recuperar aquellos usos tradicionales como el comercio y difundir el uso turístico y cultural.

Sociedad: Los que tienen mayor renta residen en el casco antiguo, mientras que los que tienen menos renta se ven obligados a desplazarse a los barrios degregados. Este problema se quiere apaliar fomentando la instalación de clases medias,

Proceso de urbanización

Este proceso fue progresivo. Progresivamente se fue concentrando la población, las actividades económicas principales e innovaciones; y su área de influencia con su entorno.

La Urbanización Preindustrial

Tasa de Urbanización o porcentaje de población urbana. Es un porcentaje modesto y estable ya que el crecimiento de la población rural y urbana era en paralelo. Las ciudades medias constaban entre 5000 y 10000 habitantes.

Factores que favorecían los asentamientos urbanos:

  1. F. político-administrativo: tenía lugar la sede política.
  2. F. estratégico-militar: era el centro militar, lo cual permitía controlar el territorio.
  3. F. económico: desde las ciudades se regulaban los recursos existentes y tenían lugar las actividades productivas como el comercio y la artesanía.
  4. F. religioso: tenía lugar la de religiosa.
  5. F. cultural: era el centro cultural y educativo.

El proceso de urbanización consta de varias etapas:

A. Etapa Antigua:
  • La  colonización fenicia y griega: Se considera la primera etapa en la que aparecen las primeras ciudades peninsulares. Destacan Cádiz o Ampurias. Estos pueblos se asentaron en la periferia litoral para proceder a una explotación de recursos, del comercio y así aumentar la economía. 
  • La romanización: tiene lugar en el siglo III a.C y se crearon ciudades como Barcelona, Sevilla, Valencia... Las ciudades tenían función económica política, administrativa y militar. Para facilitar la comunicación comenzaron a crear una red urbana. 
  • Invasión germánica: a partir del siglo III a.C. El declive de los romanos tiene lugar con la invasión germánica que implicó una paralización del proceso urbano y convirtieron las ciudades en asentamientos rurales o sedes religiosas.
B. Etapa de la Edad Media: se desarrolló en dos espacios:

  • Espacio musulmán: tuvo lugar a partir del 711 con la invasión musulmana en la Península Ibérica. Su extensión alcanza desde el sur hasta las montañas del norte. Los musulmanes utilizaron ciudades ya creadas pero revitalizadas como punto estratégico militar, económico, cultural, religioso y administrativo, o crearon nuevas ciudades como Madrid. 
  • Espacio cristiano: tuvieron lugar en la zona norte de la península donde la invasión musulmana no llegó. Tuvieron una vida urbana escasa. A partir de la Reconquista,siglo X, su territorio se expandió por toda la península y ocuparon las ciudades musulmanes obligando a estos a segregarse a barrios apartados (morerías) o expulsión. 
Siglo XII y XIII, la urbanización presentó su auge gracias a la reavitalización del comercio que favoreció a las zonas vinculadas con la ruta comercial y con grandes puertos; además del Camino de Santiago el cual fue un foco de peregrinación y de comercio.

C. Etapa Moderna:

  • S. XI: el crecimiento urbano continuado motivado por el comercio con América y el aumento de la población. Coincide con el poderío político y militar de los Austrias. Las zonas con mayor crecimiento fueron Andalucía y Castilla, y como ciudad Sevilla ya que ella tuvo el control del comercio.
  • S. XII: El proceso de urbanización se estancó. Una crisis demográfica se unió a la pérdida de importantes territorios. Las ciudades castellanas fueron las más perjudicadas y tardarán más en salir de la crisis.
  • S.XIII: El proceso de urbanización vuelve a rejuvenecerse con el reinado de los Borbones. La demografía se reanimó y la economía también. Madrid pasó a ser la capital gracias a Felipe II y en las zonas cántabras y mediterráneas se reanimó el comercio.
La Urbanización Industrial

Tuvo lugar desde el siglo XIX hasta 1975, cuando tuvo lugar la crisis económica.

a) Tasa de población: aumentó considerablemente ya que la tasa de crecimiento urbano supero con creces al rural.
b) Factores: administrativos (se dividió el territorio el provincias y se asignaron a cada una capital) y económicas-sociales (la industria moderna atrajo a la población campesina)
c) Etapas:
  1. Mediados del siglo XIX: concentración demográfica en las ciudades todavía era pequeña. La debilidad industrial provocaron que solo las capitales de provincia y el comercio militar fuerna los factores principales de la industrialización.
  2. Desde mediados del siglo XIX hasta la Guerra Civil: Etapa en la que la tasa de población y el crecimiento natural prácticamente se dobló. Todo ello provocado por el factor industrial que hizo que  la población campesina se fuera a las ciudades.
  3. Guerra Civil y postguerra: se estancó, tanto industria como población. Las ciudades quedaron destruidas y la dictadura franquista, al no tener apoyo de las ciudades, favoreció a la población que se quedara en las zonas rurales. Pero la etapa de autarquía favoreció  a las ciudades ya que desarrolló la industria básica. Así es como se desarrolló el triángulo de desarrollo urbano industrial siendo sus puntas: Madrid, Barcelona y Bilbao.
  4. Etapa de Desarrollo: influenciado por la industria y el sector terciario. Aumento considerable de la urbanización.
  • Industria: hizo que la población aumentara hasta convertirse en un 30% la población urbana. El crecimiento natural se unió al éxodo rural, los campesinos a las ciudades en busca de trabajo. Las principales áreas urbanas fueron las del triángulo urbano-social, pero la indutria se difundió por otras zonas donde tuvieron lugar los polos de desarrollo, Madrid, Zonas del Mediterráneo y Ebro.
  • Sector Terciario: Influyó en menor medida, pero aun así aportó su granito de arena. Son las responsables de crear áreas metropolitanas grandes. Se centró en zonas del litoral Mediterráneo, en las islas Canarias y Baleares y en zonas cuya industria no era muy importante pero que imperaba el sector terciario tradicional. 
d) Las ciudades concentraron todo el crecimiento demográfico, haciendo que se extendieran por su entorno y uniéndose con municipios cercanos, creando así áreas metropolitanas y aglomeraciones urbanas

La Urbanización Postindustrial

A partir de 1975, una nueva etapa comenzó: la desindustrialización.

a) Tasa de urbanización: descendió. Todo ello causado por la crisis económica e industrial que frenó el éxodo rural y el último factor fue la reestructuración de la industria.
b) Factores:
  • Industria pierde peso como factor urbanizador. Al entrar en crisis la industria hizo que muchas ciudades como las ciudades de la zona cantábrica, cayeran en crisis. Aunque algunas como  en el sur de Madrid o zonas castellanas todavía siguieron teniendo su primacía.
  • El sector terciario gana peso como factor urbanizador en las metrópolis. Sobretodo en zonas del litoral mediterráneo y centros empresariales. Además de en las regiones interiores donde predominaba el sector terciario tradicional
c) Las ciudades frenas la concentración de demografía:
  • Década de los ochenta, las grandes ciudades frenaron su crecimiento absoluto e incluso en ciertos lugares decrecieron, todo ello causado por el decrecimiento de la natalidad y la inmigración motivada por la crisis económica. En la década de los noventa, volvió a su auge, ya que la inmigración aumentó y la natalidad levemente se recuperó. Sin embargo la población se va dispersando a zonas de menor concentración de población, es decir de las grandes ciudades, hacia ciudades medianas o pequeñas donde los precios son más baratos y la saturación es menor.
  • El fenómeno urbanización difusa es la extensión de un área urbanizada por espacios cada vez más amplios. Las grandes ciudades no pierden su primacía, al contrario, estas incrementan su dominio, al mantener y concentrar las funciones principales y controlar las instaladas es un espacio circundante.

Franquismo, cambios sociales y demográficos

LOS CAMBIOS SOCIALES

La expansión económica de la década de 1960 estimuló el crecimiento demográfico y desencadenó los mayores movimientos migratorios de la España contemporánea. Paralelamente, la sociedad española modernizó sus hábitos sociales y culturales y avanzó hacia la denominada sociedad de consumo.

Los cambios demográficos

La mejora de las condiciones de vida provocó un aumento de la natalidad y una disminución de la mortalidad españolas, que produjeron un fuerte aumento demográfico (26.187.899 habitantes en 1940 y 34.041.531 en 1970). Las causas del incremento de la natalidad son varias y van desde la propaganda que hace el régimen, hasta la mejora en la alimentación, la higiene y los servicios sanitarios.   

Además, parte importante de la población emigró en busca de mejores expectativas de vida. Cerca de dos millones de españoles emigraron al extranjero (Alemania, Suiza, Francia...) y otra gran parte se desplazó de los núcleos rurales hacia las ciudades en busca de trabajo.

Ese inmenso éxodo rural afecto a cerca de cuatro millones de personas y significó la expansión de las grandes ciudades industriales (Barcelona, Madrid, Valencia, Sevilla, Bilbao...) y el despoblamiento de muchos núcleos rurales. La rapidez de la urbanización provocó un crecimiento caótico de las ciudades, con barrios faltos de la más elemental infraestructura (asfaltado, luz, alcantarillado...). Se calcula que en 1960 había un déficit de viviendas de un millón, lo que propició un movimiento especulativo en la construcción.

LA MODERNIZACIÓN DE LA SOCIEDAD ESPAÑOLA

La mejora en el nivel de vida.

Tras los años de posguerra en que la sociedad había mantenido formas muy tradicionales, en la década de 1960 se produjo un acelerado cambio social.

A lo largo de la década de 1960 se produjo una enorme transformación y modernización de la sociedad española. En primer lugar, la mecanización agrícola y la industrialización dieron lugar a un drástico descenso de la población agraria y aun notable crecimiento de la población agraria y a un notable crecimiento de la población urbana dedicada a la industria y a los servicios.

Aumentaron, asimismo, las clases medias (obreros especializados, profesionales liberales, trabajadores de la administración, la banca, los seguros...) frente al número de jornaleros o peones.

El aumento de la producción y de la renta propició, a su vez, que España entrase en la denominada sociedad de consumo, aunque no con la misma intensidad que otros países occidentales. No obstante la luz eléctrica llegaba ya a casi todo el país. Un gran parte de los hogares tenían teléfono y electrodomésticos como el frigorífico o la lavadora. Pero el símbolo de la época fue, sin duda, el Seat “600”, que permitió a las clases medias acceder al vehículo particular. A comienzo de los setenta el veraneo en las zonas playeras comenzaba a ser también corriente entre las clases medias.

Una sociedad más abierta.

La llegada del turismo, la apertura de fronteras y los viajes a otros países permitieron a los españoles tomar contacto con el exterior. Esta apertura de la sociedad comportó cambios en la mentalidad de los españoles. A este cambio contribuyó también el comienzo de las emisiones televisas en 1956, a pesar del control que el estado ejercía sobre ella a través de la censura. Se impusieron nuevos hábitos de relación social, las mujeres fueron incorporándose a la vida laboral fuera de casa y la Iglesia disminuyó su influencia social. La familia amplia de tradición rural se fue sustituyendo por la familia nuclear (padres e hijos) típica del mundo urbano e industrial.

La condición femenina también cambió sustancialmente. La mujer empezó a abandonar su papel tradicional de madre y esposa para incorporarse al mundo de los estudios y al trabajo remunerado, sobre todo en actividades administrativas y de servicios. De este modo, la reivindicación de los derechos de las mujeres dio lugar al surgimiento de un nuevo movimiento feminista, que alcanzaría su mayor desarrollo en las décadas siguientes.

La renovación de la Iglesia, que siguió al Concilio Vaticano II tuvo gran impacto en España e influyó decisivamente en un sector de la Iglesia española, que comenzó a distanciarse del régimen y a alinearse junto a sectores sociales que reclamaban su democratización. La mentalidad de las nuevas generaciones, que no habían vivido la guerra, cambió radicalmente y poco a poco se fue extendiendo un amplio movimiento social a favor de la democratización de la vida española.

Extensión de la enseñanza obligatoria y gratuita.

Igualmente, la nueva estructura social demandaba cambios en la educación. Se iniciaron reformas para introducir una educación más técnica y moderna, se extendió la escolaridad obligatoria desde los 6 a los 14 años (1964). Se aumentó, asimismo, el número de becas, de institutos y de universidades. La culminación de estos cambios educativos llegó con la Ley General de Educación de 1970, que convirtió en gratuita y general la enseñanza elemental. En consecuencia, el analfabetismo disminuyó de forma drástica hasta alcanzar los niveles de los países más avanzados a la vez que tenía lugar una progresiva democratización del sistema educativo con la incorporación de un buen número de familias obreras y de clase media.


Franquismo, fundamentos ideológicos y bases sociales

La España de 1939 era una nación arrasada material, demográfica y emocionalmente. El nuevo estado dirigido por el general Franco representaba los intereses de la oligarquía tradicional, la iglesia y el ejército. Se caracterizó por la persecución sistemática de cualquier oposición y por un sistema económico autárquico que prolongó las consecuencias de la guerra durante dos décadas. La dictadura duró casi cuarenta años y marcó profundamente a dos generaciones de españoles.

Dentro de un aparente inmovilismo, el régimen fue adaptándose a las diferentes coyunturas internacionales con las que tuvo que convivir. Desde el alineamiento con el fascismo durante los primeros años de la Segunda Guerra Mundial, a un tibio neutralismo al final del conflicto. Luego vino el aislamiento de la posguerra, hasta que la Guerra Fría permitió al régimen ser reconocido y apoyado, sobre todo por los Estados Unidos. La expansión económica de los años sesenta trajo prosperidad, pero también propició la entrada de los movimientos culturales e ideológicos europeos y el incremento de las movilizaciones contra la Dictadura.

Fundamentos ideológicos

El régimen se caracterizó desde sus orígenes por una rotunda concentración del poder en la figura de Franco. Todas las instituciones le estaban completamente subordinadas, y sus miembros lo eran por voluntad del Caudillo.

Pero el régimen franquista también tuvo una serie de componentes ideológicos. Estaba en primer lugar, el anticomunismo. Para los vencedores, en realidad, comunistas eran todos los llamados “rojos”, lo que incluía desde la extrema izquierda revolucionaria hasta la burguesía democrática, por moderada que fuera. La propaganda anticomunista arreció a partir de 1950, cuando el régimen fue admitido en las organizaciones internacionales en el contexto de la Guerra Fría.

En segundo lugar, el antiparlamentarismo. La democracia parlamentaria se identificaba con lo antiespañol y con el marxismo. Aunque tras la Segunda Guerra Mundial las críticas disminuyeron, siempre se presentó al sistema parlamentario como modelo débil, sobre el que la “democracia orgánica” del régimen tenía, según sus defensores, una clara superioridad.

En tercer lugar la dictadura se identificó claramente con el catolicismo, hasta el punto de que se generalizado el término nacionalcatolicismo para etiquetarla. Franco estableció la confesionalidad del Estado. El dominio que la Iglesia ejerció en la vida social de la España franquista fue absoluto. Su control de la educación era completo: la Iglesia era titular de gran parte de los colegios, y la enseñanza religiosa era obligatoria incluso en la universidad. Se suprimió el divorcio, el matrimonio civil, el matrimonio religioso volvió a ser obligatorio, y se restableció el presupuesto para el culto y el clero. También creó asociaciones o grupos de presión como la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, en la década de los cincuenta, o el Opus Dei, en los sesenta. Además, tenía plena competencia en materia de censura y una presencia constante en los medios de comunicación. Se impuso una estricta moral católica, pública y privada, cuyo incumplimiento era castigado por el Código Penal.

La cuarta característica fue el tradicionalismo. La “unidad de la Patria” se convirtió en valor sacrosanto, justificado en raíces históricas. Se exaltaron los valores de la Reconquista y del Imperio, y se adoptaron sus símbolos.

La propaganda franquista calificó a la autonomía de las regiones como antiespañola. Todo sentimiento nacionalista que no fuera español fue descalificado y perseguido. Se prohibió el uso de cualquier lengua que no fuera el castellano, se abolieron los órganos de autogobierno y se proscribieron los símbolos nacionalistas.

El régimen fue desde el principio militarista. La vida cotidiana se llenó de desfiles, uniformes y símbolos castrenses. En cualquier acto público se exaltaba  a la bandera o al himno nacional. La radio y la prensa recordaban permanentemente la guerra, la victoria y el papel del ejército en la defensa de la unidad de la Patria.

Por último, hubo una serie de rasgos fascistas muy marcados. Entre ellos estaban los símbolos y los uniformes, inspirados en los del fascismo italiano o el nazismo alemán; la existencia de un partido único; la exaltación del Caudillo; el desprecio a las instituciones; o la violencia como medio de control de masas.

Las bases sociales

La dictadura devolvió a la oligarquía terrateniente y financiera su hegemonía. No sólo recuperaron sus empresas y propiedades, sino también su dominio de la vida social. Fueron, además, los principales beneficiarios de la economía intervencionista de las primeras décadas del franquismo. A ella se incorporaron militares y falangistas, así como personajes enriquecidos por la guerra y los negocios.

El régimen franquista contó también con el apoyo de las clases medias rurales, sobre todo en el norte y en ambas Castillas, así como de quienes en las ciudades se beneficiaron de las depuraciones masivas realizadas al término de la guerra entre funcionaros, maestros, profesores universitarios y militares republicanos.

Por el contrario, entre los jornaleros y el proletariado industrial la Dictadura apenas tuvo respaldo. Lo mismo ocurrió con buena parte de las clases medias urbanas, que habían sido republicanas. Pero una cosa era la disconformidad y otra muy distinta la oposición o la protesta. La represión sistemática, el miedo a la delación, la miseria generalizada y el hundimiento moral de la derrota desarmaron cualquier posibilidad de reacción durante varios años. Después, la propaganda, el aumento del bienestar a partir de los años sesenta y el relevo generacional, hicieron que una parte de estos sectores obreros y campesinos adoptaran una actitud de acomodamiento, de aceptación del régimen y de apoliticismo, cuando no de respaldo directo al franquismo.

En el nuevo régimen los partidos políticos fueron prohibidos. No sólo las organizaciones que habían apoyado a la república, cuyos dirigentes fueron recluidos en prisiones y campos de concentración, o simplemente ejecutados. Tampoco estaban permitidos los partidos de derecha, ni siquiera los que en su día habían apoyado la sublevación. Sólo se permitió la Falange, pero es significativo que se prohibiera a la prensa definirla como partido, y que pasara a ser denominada Movimiento Nacional.

Sin embargo, Franco no sólo se sirvió de la Falange, sino que buscó a sus colaboradores entre grupos ideológicos y corpotarivos distintos, que constituyeron los que, a falta de otro nombre, se conoce como “familias” del régimen.

 La primera de ellas estaba constituida por los propios falangistas. La Falange no tenía ya nada que ver con el partido de José Antonio. Muerte el líder y marginados los viejos dirigentes, los Estatutos confirieron a Franco la jefatura única, y el partido se convirtió en cantera de dirigentes y cuadros para la dictadura. Sus organizaciones, como el Frente de Juventudes, la Sección Femenina o la Organización Sindical, dominaban la vida económica y social. En los primeros años los falangistas ocuparon los cargos más significativos, pero la derrota de las potencias fascistas en la Segunda Guerra Mundial hizo que poco a poco su presencia en los gobiernos fuera disminuyendo.

Los militares formaban otra de las familias. Muchos de los jefes sublevados fueron colaboradores directos de Franco tras la guerra, entre ellos el hombre que permaneció más tiempo junto al dictador, Carrero Blanco. Otros, sin embargo, se distanciaron y acabaron apartados del poder, demasiado críticos o prestigiosos para agradar al Caudillo. En todo caso, los militares no formaron nunca un grupo de presión, porque Franco cuidó siempre de mantener al ejército en un papel estrictamente subordinado a su persona.

Un tercer grupo influyente eran los católicos. Procedían de asociaciones de la Iglesia o, más tarde, del “Opus Dei”. Suministraron cuadros y dirigentes, en general con un alto nivel de formación técnica. Además, obispos y prelados participaron el las Cortes franquistas y en el Consejo del Reino. Sólo a raíz del Concilio Vaticano II, en 1962, se produjo un distanciamiento progresivo entre la jerarquía española y la Dictadura, que terminó incluso en abierto conflicto en los años setenta. Ello no impidió que miembros del “Opus Dei”se mantuvieran en el poder hasta la muerte del dictador.

 También los monárquicos colaboraron. Los carlistas tuvieron un papel secundario. Los demás creían que, terminada la guerra, la Dictadura dejaría paso a la Monarquía, encarnada a partir de 1941 en Don Juan de Borbón, hijo de Alfonso XIII exiliado en Portugal. Pero Franco les decepcionó, al negarse a dejar el poder. Sin embargo, y pese a la tirantez con Don Juan, muchos monárquicos colaboraron con el régimen y ocuparon puestos claves, de forma especial en el cuerpo diplomático.

En realidad, todas estas familias no dejaban de ser ficticias. Franco, que carecía de una ideología política clara, elegía a sus colaboradores al margen de etiquetas. Para hacer carrera se precisaba una lealtad personal, prudencia y carencia de mayores ambiciones. El dictador evitó siempre que nadie acaparara demasiado poder, y recelaba de quienes mostraban criterios propios. Además, buscó siempre equilibrar la participación de los diferentes grupos en el Gobierno y en los altos cargos del sistema.    

Transformaciones culturales. Cambio en las mentalidades. La educación y la prensa.

            Una vez fallecido Fernando VII, quien había ejercido una feroz represión sobre todos los ambientes culturales, la vuelta de los exiliados, propició que en el primer tercio del siglo XIX apareciese en España el movimiento romántico, que ya estaba implantado en el ambiente cultural europeo, y que presentaba la siguientes características: la exaltación de los sentimientos, de la historia nacional, de los valores espirituales, el gusto por los ambientes agitados y fantasmagóricos y por las historias ambientadas en la época medieval. Escritores importantes serán Martínez de la Rosa y el Duque de Rivas, quienes desarrollaron una literatura basada en los valores nacionales tradicionales, mientras que otros autores optaron por una literatura revolucionaria, como Mariano José de Larra o José de Espronceda, espoleados por su propia experiencia de exilio. Pero la tendencia más conservadora se impuso con autores como Mesonero Romanos, José Zorrila o Estébanez Calderón. Más tardío será Gustavo Adolfo Bécquer, con predominio del teatro histórico y la novela.

            El romanticismo en Europa supuso una visión muy negativa de la situación española, pues lo numerosos viajeros que pasaron por España (Georges Borrow, W. Irving, Prospere Merimée), hablaron de un país atrasado económica y políticamente: Se trasmitió la imagen tópica de un pueblo de campesinos analfabetos, fanatizados por el catolicismo, sumidos en el miedo a la Inquisición y la intolerancia, unidos a la violencia de los bandoleros o las corridas de toros, y ambientados en un paisaje medieval muy querido por el romanticismo.

A partir de mediados de siglo se inicio el movimiento realista en la literatura, cuyos representantes más insignes fueron López de Ayala, Tamayo y Baus, Fernán Caballero (seudónimo de Cecilia Böhl de Faber) o Pedro Antonio de Alarcón. Los argumentos de sus obras pretenden describir la realidad con la precisión de un observador imparcial, tratando con tono moralizante temas como la vida moral, los problemas de conciencia, el matrimonio, le fidelidad, etc. El realismo respondió al auge de la burguesía, que a lo largo del siglo XIX fue situándose en el lugar predominante de la nueva sociedad liberal. Los valores a inquietudes de esta clase social (individualismo, materialismo, deseo de ascenso social y aprecio de lo cotidiano), fueron los temas recurrentes de la literatura.

El modernismo, surgido a finales del siglo XIX, fue un movimiento cultural y artístico de origen europeo que se caracterizó por un concepto subjetivo de belleza que buscaba la originalidad. Sus seguidores pretendían crear un estilo nuevo y refinado, que representase los gustos de la burguesía urbana y cosmopolita. Los modernistas rechazaban la vulgaridad del realismo y se inspiraban en el mundo de la fantasía y en la naturaleza. ( abarcó: arquitectura, literatura, pintura, música... y alcanzó su plenitud en Cataluña).

            En este periodo nacieron dos instituciones que encabezaron el movimiento intelectual burgués. El Ateneo Científico y Literario, creado en 1835, que se organizó en cátedras a través de las cuales impartieron cursos los más importantes representantes del mundo literario, artístico, científico y político. A esta se sumo el Liceo Artístico y Literario, que contribuyó también al desarrollo de las letras y las artes. Ambas instituciones estuvieron dominadas por los moderados.

            En la Universidad española, anclada en un ambiente conservador, comenzó a desarrollarse una corriente crítica, conocida como el krausismo, y que aglutinó a varios catedráticos de la misma. Fue Julián Sanz del Río, catedrático de Historia de la Filosofía en la Universidad Central, quien de su permanencia durante varios años en Alemania, trajo consigo las ideas del filósofo alemán Krause, y comenzó a difundirlas a través de su cátedra. Krause es un filósofo de segunda fila, de quien los universitarios progresistas extrajeron  dos principios básicos: la reflexión individual y la actitud moral. Esto les hizo ser cada vez más críticos con el dominio ideológico que la Iglesia ejercía sobre la Universidad española, hasta acabar enfrentándose al poder político, lo que supuso la expulsión de algunos de ellos de la Universidad, que dio origen a los sucesos que terminaron con la trágica noche de San Daniel. El krausismo supuso el único atisbo de reflexión libre en la Universidad española, agobiada por la densa atmósfera doctrinal que nacía de la Iglesia. Pero ni en el ámbito del pensamiento, ni en el de la ciencia, el krausismo supuso aportaciones originales o avances dignos de tener en cuenta.

            En el último tercio de  siglo comenzaron a introducirse en España el positivismo y el darwinismo. La influencia del positivismo de Compte impulsó la incorporación de los modernos métodos científicos, basados en la observación y la experimentación, al estudio de los fenómenos sociales dejando de lado las especulaciones metafísicas e idealistas del pasado. Por su parte se extendieron en España las teorías darwinistas a través de la Institución Libre de Enseñanza, donde Charles Darwin fue nombrado profesor honorario. Esto supuso un ataque feroz de los medios eclesiásticos a la proliferación de las teorías darwinianas.

Cambio de mentalidades

Un sector del liberalismo español defendió la conveniencia de poner fin al predominio de la moral católica en todos los ámbitos sociales y laicizar la vida pública.

Además, a finales de siglo, una parte de la clase trabajadora empezó a manifestar actitudes anticlericales, asociando la Iglesia con los grupos poderosos que la dominaban. La burguesía (la nueva categoría social del dinero), que residía esencialmente en las grandes ciudades deseaba mostrar en público su poder y su riqueza; las formas de ocio y diversiones pasaron a comercializarse y a convertirse en un producto al alcance de quienes lo pudieran comprar. Las élites frecuentaban esencialmente la ópera, los espectáculos más exclusivos y numerosos teatros. Pero fue el gran momento de los casinos y círculos de propietarios, (clubs o sociedades privadas) en las que los notables de un lugar, empresarios o propietarios agrícolas se reunían, tomaban café, celebraban fiestas, discutían de política o pasaban el tiempo en tertulia o juegos de azar.

A finales de siglo, entre las clases populares urbanas se extendió la asistencia a los cabarets, los cafés con funciones que atraían un público variado, los bailes y las verbenas. Las corridas de toros continuaban, sin embargo, siendo el espectáculo más popular y frecuentado. Igualmente, entre los trabajadores, la taberna era el centro de reunión. Pero la influencia de las ideas socialistas y anarquistas y el aumento de la alfabetización de los obreros comportaron la fundación de ateneos obreros, círculos obreros o casas del pueblo, que eran el lugar de formación, discusión y entretenimiento de las clases populares.

Lo que no cambió en las mentalidades de esta época (salvo en personas individuales o grupos sumamente reducidos y ya en el primer tercio del siglo XX ) fue el papel de la mujer en la sociedad manteniéndose un concepción tradicional que las subordinaba a los hombres y las privaba de todo derecho jurídico o político. En esa condición subsidiaria, sometida al mundo masculino, se encontraban todas las mujeres.

El feminismo tuvo poco desarrollo, centrado en reivindicaciones de tipo social como el derecho a la educación o al trabajo. La reivindación política fue tardía y no tuvo la influencia que las sufragistas adquirieron en otros países europeos o americanos. Las dos grandes figuras del siglo serán Concepción Arenal, quien se convirtió de forma autodidacta en una penalista de reconocido prestigio y desarrollo una importante labor como visitadora general de prisiones de mujeres, y Emilia Pardo Bazán, escritora naturalista que adopta la reivindación feminista denunciando el poco avance en la igualdad de derechos respecto de los hombres (sufragio universal, libertad de cultos, etc.), antes bien planteando el incremento de la distancias entre sexos.  De hecho a finales de siglo el analfabetismo femenino rondaba el 70%.


La prensa

            El triunfo de la revolución liberal supuso un cambio fundamental respecto de la libertad de expresión. Desde 1834 se suceden varios decretos y reformas de la legislación sobre imprenta y publicaciones. A lo largo del reinado de Isabel II convivió la declaración teórica de libertad de expresión con una serie de restricciones que, en la práctica, dejaba en manos gubernativas la decisión sobre la publicación de prensa y libros. Sin embargo, y a pesar de las trabas, la prensa adquirió en España un desarrollo excepcional: en 1836 se publicaban sólo en Madrid 43 periódicos, y en 1850 la cifra alcanzaba los 120. Las etapas moderadas se caracterizaron por una más estricta censura, pese a lo cual el periodismo español de la época fue especialmente abierto, si lo comparamos incluso con países que ya entonces tenían un régimen más liberal. Los periódicos se alinearon, en su mayoría, y de forma más o menos explícita, con los dos grandes partidos dinásticos.

            Entre los medios de difusión del pensamiento sobresalió la lectura en bibliotecas públicas y privadas. El mundo editorial tenía su centro en Madrid, donde se concentraba gran parte de la prensa, difundida luego a todo el país mediante el ferrocarril y el correo. Entre los diarios de mayor tirada del siglo destacaron “La correspondencia de España”, de tendencia liberal moderada; y “El Imparcial” y “El Liberal”, ambos liberales democráticos. “La Época” era el periódico conservador de las clases medias acomodadas y de la aristocracia; el diario “La Vanguardia”, de Barcelona, se convirtió en el medio de difusión de las clases altas catalanas, rivalizando con el “Diario de Barcelona”. La cultura se difundía también a través de las denominadas “sociedades de hablar”, reuniones más o menos formales donde se discutían las novedades culturales y políticas del momento: eran las sociedades patrióticas, los liceos (clubes sociales de recreo cultural y artístico) y los cafés literarios, en los que se organizaban tertulias estables como la de “El Parnasillo” en Madrid.

Dentro de la prensa, la variable humorística y satírica, tendrá su espacio propio. El régimen de libertades inaugurado por la revolución de 1868 propició un extraordinario florecimiento de una prensa con alto contenido satírico, que se expresaba, sobre todo en los semanarios humorísticos. Este tipo de publicaciones, que han legado algunas de las más inteligentes, claras y críticas visiones de la política del siglo XIX.

La prensa humorística tiene una de sus piezas claves en la caricatura y la historieta críticas, realizadas con humor agudo y sátira demoledora. Estos medios consiguieron llegar a los lectores de forma clara y amena, y expresaron sus mensajes de forma sencilla para un público escasamente ilustrado que entendiera mucho mejor un dibujo o una caricatura que densos artículos políticos. El lector identificaba a políticos, gobernantes o personajes populares por las caricaturas, que presentan la ventaja de que no muestran la imagen real como lo hace una fotografía, sino que remarcan los rasgos físicos más relevantes de los personajes, o deforman la realidad en función del mensaje que se pretende transmitir.

Ejemplos de toda ella serán: La Carcajada, La Esquella de la Torratxa, La Flaca, La Campana de Gracia, La Madeja, El Loro, El Quijote, La Tribuna, Cu-Cut,.....


La educación

Durante el siglo XIX las constituciones van a propugnar como un derecho fundamental de los ciudadanos la instrucción. Pero la realidad es que la mayoría de la población es analfabeta, y la enseñanza está en manos de la Iglesia que la dirige principalmente hacia las clases medias y la oligarquía. No obstante los liberales al considerar la educación como un instrumento para el desarrollo humano van a potenciar la enseñanza pública, intentando además quitar el poder que la iglesia tiene sobre la misma. A pesar de su intención, la inversión estatal en educación será mínima durante todo el siglo XIX, no llegando a un 1% del presupuesto estatal. Dos serán los intentos de conseguir mejorar este panorama, plasmados en las leyes Pidal y Moyano.

Pedro José Pidal intentará durante la década moderada regular la enseñanza basad en tres niveles, enseñanza básica, media y universitaria. Respecto de ellas, la enseñanza básica, estará a cargo de los maestros quienes serán contratados por los ayuntamientos, que cuentan con poco presupuesto y ofrecen salarios tan bajos que los maestros tienen que realizar otros trabajos para su sustento, lo que provoca una deficiente labor docente. La enseñanza media intentará desarrollarse a través de la construcción de un instituto al menos por cada provincia, pero el número de alumnos es escaso, principalmente compuesto de las clases medias urbanas. Las universidades son diez y será el Estado el encargado de su gestión.
           
            La conocida como ley Moyano (Ley de Instrucción Pública de 1857), desarrollada por Claudio Moyano, desarrolla la misma estructura educativa en tres niveles, donde el Estado interviene y controla todo el sistema educativo. Por primera vez se establece la enseñanza primaria como gratuita y obligatoria para los comprendidos entre los 6 y 9 años y demostrasen no tener ingresos. Se creó una red educativa que incluía las escuelas para adultos en horario nocturno y en días festivos. El número de analfabetos disminuyó pero no en grado suficiente. Las niñas fueron las grandes perjudicadas, pues su escolarización fue muy inferior a los niños y su grado de analfabetismo mayor (a las mujeres no se les autorizó a matricularse en la enseñanza media, bachillerato, hasta 1883). La realidad fue que la escolarización sólo acogió a una pequeña cantidad de los posibles alumnos, si bien en continuo crecimiento, al igual que la enseñanza secundaria que ve aumentar el número de alumnos considerablemente, pero disminuyendo en número de alumnos en los centros públicos, mientras aumentó el de instituciones privadas y los de congregaciones religiosas. El primer instituto femenino se inauguró en 1910 en Barcelona. La enseñanza universitaria será coto de una pequeña parte de la población, pues en 1900 sólo acogía a 15.000 alumnos. La Universidad estaba controlada por el estado de forma con una enseñanza uniforme y centralista, sin libertad de cátedra, donde sólo la Universidad Central de Madrid impartía todas las licenciaturas y podía conceder el grado de doctor. Las carreras que se podían estudiar eran Derecho, Medicina, Farmacia, Ciencias y Filosofía y Letras, surgiendo después algunas Escuelas Politécnicas y de Bellas Artes y creándose por primera vez Escuelas para Formar a los Profesores Escuelas Normales). La presencia de las mujeres en la Universidad requería un permiso de la Administración, de forma que alguna como la escritora Concepción Arenal llegó a disfrazarse de hombre para asistir a las clases.

El sexenio había sido una época de amplia libertad de cátedra en las universidades. Pero en 1875 se produjo una regresión, cuando el gobierno dio órdenes de vigilar la orientación de la enseñanza que se impartía y de censurar cualquier manifestación crítica contra la monarquía y el dogma católico, lo que produjo una reacción en contra de algunos profesores.

Así surgió la Institución Libre de Enseñanza en 1.876, creada por un grupo de profesores, entre los que se encuentran Nicolás Salmerón, Francisco Giner de los Ríos y Gumersindo Azcárate, expulsados de la Universidad por lo que se conoce como la segunda cuestión universitaria, surgida por la oposición que estos profesores llevan a cabo a la política del ministro Orovio quien impone que el sistema educativo debía ajustarse a las normas oficiales en materia religiosa, política y moral. Frente a Orovio los expulsados defienden la libertad de enseñanza y cátedra.

Fuera de sus aulas, Francisco Giner de los Ríos promueve la Institución que inaugura sus clases el 29 de octubre de 1876, en el número 9 de la calle Esparteros. Entre sus enseñanzas ofrece varias de grado superior y las de segundo grado.

La ILE, heredera de los postulados del krausismo, introdujo en España una pedagogía de vanguardia inspirados en el quehacer del suizo Pestalozzi, que buscaba la formación integral del individuo en plena libertad y mediante el fomento de la curiosidad científica, el antidogmatismo y la actitud crítica. La ILE rechazaba cualquier filiación política o religiosa, si bien sus profesores eran en su mayoría cristianos.

La ausencia de exámenes y libros de texto, el estudio directo de la realidad, el respeto a la intimidad y a la autonomía del estudiante que Giner practicaba en sus clases universitarias se ven allí ampliados y desarrollados en el terreno de la segunda enseñanza.

Ampliando su esfuerzo educativo la Institución, sostenida y alentada por el mismo Giner, edita un Boletín de la I.L.E. (B.I.L.E.), instrumento de expansión de las ideas institucionistas y apasionante testimonio del abanico de inquietudes intelectuales de la época.

Hasta que la guerra civil le haga cerrar sus puertas en 1.936 la Institución fue un vivero de gente interesada en la evolución intelectual y el progreso de España, desde distintas ópticas políticas, basada en la formación como medio de conocer la realidad y de conseguir transformarla en beneficio social. En este intento estuvieron comprometidos desde Joaquín Costa a Julián Besteiro o Bartolomé Cossío, con la inestimable colaboración a través del Boletín de intelectuales de la talla de  Bertrand Russell, Henri Bergson, Charles Darwin, John Dewey, Santiago Ramón y Cajal, Miguel de Unamuno, María Montessori, León Tolstoi, H. G. Wells, Rabindranath Tagore, Juan Ramón Jiménez, Gabriela Mistral, Benito Pérez Galdós, Emilia Pardo Bazán, Azorín, Eugenio D'Ors, Ramón Pérez de Ayala, como Julián Sanz del Río, Antonio Machado Álvarez, Antonio y Manuel Machado Ruiz, Julio Rey Pastor, Luis Simarro, Nicolás Achúcarro, Francisco Barnés o Alice Pestana. Un elenco de intelectuales diversos que a través del Boletín supusieron una gran contribución al desarrollo cultural de España.

            Pero la ILE fue excepcional. La educación en España siguió dominada por la enseñanza tradicional, basada en métodos anticuados y muy poco críticos, que rechazaban las aportaciones científicas y que estaba sometida a una fuerte vigilancia por parte de la jerarquía católica. El nuevo régimen devolvió el control de la educación a la iglesia, que contaba con cerca de 50.000 religiosos y religiosas dedicados a la enseñanza. Su dominio era absoluto en la enseñanza primaria, en la que apenas intervenía el Estado. Este cubría la segunda enseñanza, que contaba con unos 50 institutos en las grandes ciudades, ocupados por los hijos de las familias ricas. Tampoco se hizo mucho por evitar el analfabetismo reinante, pues todavía en 1900, el 65% de los españoles eran analfabetos. A finales del siglo sólo había 15.000 alumnos universitarios en toda España y menos de 30.000 en secundaria (en 1883, 160 muchachas estaban estudiando bachillerato y 9 estaban matriculadas en la universidad).

            La ciencia y la investigación se limitaban a la labor asilada y no reconocida de un puñado de personalidades que apenas podían avanzar ante la falta de medios materiales y de apoyo por parte de las instituciones públicas y privadas. Los problemas de Santiago Ramón y Cajal en sus primeros años de investigación son un buen ejemplo de ello. La polémica desatado por las teorías de Darwin, condenadas sin paliativos por la iglesia, es, por otra parte, un reflejo perfecto del ambiente que se respiraba.



Transformaciones sociales. Crecimiento demográfico. De la sociedad estamental a la sociedad de clases. Génesis y desarrollo del movimiento obrero en España.


Transformaciones sociales. Crecimiento demográfico.


            En España el crecimiento demográfico fue importante, aunque dista mucho de ser igual a los países industrializados. La población pasó de 11,5 millones de habitantes en 1800 a 18,6 millones en 1900.

            Este crecimiento demográfico menos importante, comparado con otros países europeos, se debió al mantenimiento de una tasa de mortalidad elevada, consecuencia de las guerras civiles, la tardía evolución industrial y la persistencia de algunas epidemias como el paludismo o el cólera. Durante el siglo XIX sucedieron varias crisis demográficas, debidas sobre todo al cólera, en los periodos 1834-35, 1853-56, 1859-60 y 1885.

            Para el siglo XIX, existen una serie de características constantes de la población, que fundamentalmente son un movimiento de población hacia la periferia, el incremento de la población absoluta, un ligero aumento de la población urbana, unido a una disminución de la población en el sector primario, que se traslada hacia los sectores secundario y terciario.

            Son los años centrales del siglo, 1820-1860, cuando se produce un mayor crecimiento, una vez terminada la emigración a las colonias americanas, favorecida por el aumento de la producción agrícola. Los años finales del siglo supusieron un ritmo lento de crecimiento, donde natalidad y mortalidad descendían lentamente, pasando la primera de un 3,6 % en 1877 a un 3,4 % en 1900 y la segunda de un 3,04 % a 2,9 % en los mismos años, muy alta comparada con la mortalidad europea que estaba en un 1,8 %. Esta elevada mortalidad tiene sus causas en el atraso médico, económico y social.

            El crecimiento de población también se vio influido por unas corrientes migratorias hacia el exterior, dirigidas principalmente a América, África y Francia, debidas a la presión demográfica en zonas rurales. También comienza a desarrollarse una emigración hacia las zonas periféricas más industrializadas (Cataluña, País Vasco, Valencia) y Madrid, mientras que en centro va perdiendo peso demográfico.

Con la llegada del siglo XX, estos movimientos migratorios se intensificarán, con un claro descenso de la población dedicada a la agricultura. Asimismo en este primer tercio de siglo XX la población creció más rápidamente por un descenso de la tasa de mortalidad y un mantenimiento, con leve tendencia a la baja, de la tasa de natalidad. La esperanza de vida aumenta, pasa de 34,8 años en 1900 a 50 años en 1930. Estos cambios se debieron a la desaparición de algunas de las epidemias tradicionales (a pesar de la gravedad de la de gripe de 1918), y los cambios económicos, que mejoraron la alimentación, y las mejoras en la infraestructura sanitaria y la higiene pública.

De la sociedad estamental a la sociedad de clases. Génesis y desarrollo del movimiento obrero en España.


            El tránsito a la economía capitalista supuso un cambio social. La nueva sociedad se fundamentó en la propiedad y no en el linaje.

La nueva clase dirigente se nutrió de la alta burguesía y de la vieja aristocracia terrateniente, que conformaron una oligarquía de propietarios en la cúspide de la sociedad. La alta nobleza conservó sus títulos, aunque perdió sus privilegios feudales y se integró en los grupos dirigentes de la nueva sociedad en razón de sus propiedades territoriales y de sus negocios. La alta burguesía fue la nueva clase que emergió al beneficiarse con la compara de tierras desamortizadas y con las inversiones en industrias y ferrocarriles. Se constituyó así un oligarquía terrateniente, industrial y financiera, resultado de la alianza- a veces incluso matrimonial- entre la vieja nobleza y la nueva burguesía propietaria. Esta oligarquía se erigió en clase dominante del nuevo régimen liberal.  Dos grupos sociales daban apoyo y legitimación a esta oligarquía, los eclesiásticos, que habían disminuido en número pero vivían a la sombra del Estado, y el ejército, continuamente implicado en la vida política.

Por dejado de ella, una débil clase media urbana de pequeños comerciantes, funcionarios y rentistas luchaba por mantener su posición social diferenciada del proletariado.

Las clases populares suponían el 80 % de la población, y dentro de ellas la gran mayoría de los españoles seguían siendo campesinos, en su mayor parte jornaleros o pequeños arrendatarios, cuyas condiciones de vida no mejoraron con los cambios, sino más bien al contrario. De hecho los campesinos fueron los grandes sacrificados de las reformas liberales: no ser reconocieron sus derechos sobre las tierras señoriales ni se les facilitó el acceso a las propiedades desamortizadas, lo que explica su oposición al régimen y el apoyo de algunos sectores a la causa carlista.

El proletariado urbano, sobre todo en las zonas industriales- Barcelona, Bilbao- fue la nueva clase en aumento, aunque todavía minoritaria, que se nutrió del éxodo rural y de los antiguos artesanos arruinados.  Los bajos salarios, el paro estacional y los efectos de la crisis, con sus secuelas de hambre y enfermedad, se mantuvieron como una amenaza permanente. En dichas clases populares se incluían el importante número de sirvientes, los obreros de las fábricas y las minas y los mendigos.

Las condiciones de vida de la clase obrera.

            El principal cambio social fue la aparición de la clase obrera industrial, aunque la proporción que representaba al principio era pequeña, sólo significativa en Barcelona, Madrid y el núcleo siderúrgico malagueño.

            El desarrollo de la industria del algodón y la primera siderurgia hicieron afluir a la ciudades a miles de trabajadores agrícolas en paro o que habían sido expulsados por las guerras o la expropiación de sus tierras. El resultado fue el crecimiento de los barrios obreros, formados por barracas y chabolas construidas precipitadamente, sin saneamientos, empedrado, alumbrado ni limpieza. Carentes de todo tipo de asistencia pública o privada, eran foco seguro de enfermedades infecciosas, entre las que la tuberculosis y el cólera destacaron por sus efectos catastróficos.

            El trabajo en las fábricas implicaba jornadas de 12 a 14 horas, con ruidos estridentes y continuos, procedentes de las máquinas, el polvo de algodón o las partículas de metal o ceniza que hacían el aire irrespirable, sin ninguna seguridad, con accidentes frecuentes y sin otro descanso que los domingos. La vida media de los obreros catalanes era de 19 años, frente a los 40 de la clase alta de la ciudad. Trabajaban por igual hombres, mujeres y niños de corta edad.

            Los salarios eran muy bajos y apenas permitían una alimentación consistente básicamente en pan, habichuelas y patatas. A las enfermedades infecciosas había que añadir las sociales: el alcoholismo y las enfermedades venéreas, inevitables en un medio social embrutecido en el que se hacinaban familias enteras en habitaciones compartidas. El analfabetismo era general: afectaba al 69% de los hombres y el 92% de las mujeres.

            Cuando se producía una crisis, las ventas caían en picado y entonces los despidos se multiplicaban. El paro llevaba inexorablemente al hambre y a la enfermedad. A menudo la delincuencia era la única opción, por lo que se convirtió en otro de los males endémicos de los barrios obreros.

El movimiento obrero durante el reinado de Isabel II



            Al principio los trabajadores no comprendían bien qué estaba pasando. O bien procedían de una sociedad campesina, en la que la jornada la marcaban el clima y las faenas agrícolas, y en la que las condiciones de vida eran más saludables, por dura que fuera la tarea, o bien venían de antiguos talleres artesanos, en los que el trabajo estaba regulado y protegidas sus condiciones de vida y vivienda. La supresión de los gremios había acabado con todo el sistema de asistencia y socorro mutuo que antiguamente protegía al trabajador frente a la adversidad.

            La incorporación del vapor a las fábricas, al inicio de la década de 1830, provocó despidos y generó algunos episodios de destrucción de maquinaria, como el incendio de la fábrica Bonaplata en Barcelona (1835). Pero el luddismo apenas tuvo repercusión en España.

            Los primeros atisbos de organización obrera fueron las sociedades de ayuda mutua. En 1840 se fundó la Sociedad de Protección Mutua de Tejedores de Algodón. Pronto proliferaron por todo el país sociedades semejantes. Al principio solo pretendieron defender los salarios, sin llevar más lejos sus peticiones. Pero en 1844 los moderados las prohibieron y la mayoría de ellas pasó a la clandestinidad. También hubo algunos partidarios del socialismo utópico, pero sus proyectos apenas tuvieron repercusión.

            La falta de una conciencia de clase llevó a los obreros de Barcelona en 1842 a hacer causa común con sus patronos en la defensa del proteccionismo. Muchos de ellos cayeron en los combates callejeros contra las tropas de Espartero. Lo mismo ocurrió en 1848, cuando la revolución europea apenas tuvo repercusión en España.

            La experiencia del Bienio Progresista resultó decisiva. Tras participar en la revolución, el movimiento obrero cobró un gran desarrollo. Se sucedieron las protestas contra la generalización de las hiladoras y tejedoras mecánicas (selfactinas), y los disturbios llevaron a frecuentes choques en la calle contra las tropas. En julio de estalló en Barcelona una huelga general en defensa del derecho de asociación. Dos obreros fueron enviados a Madrid para exponer sus quejas a los diputados, en un escrito respaldado por 33.000 firmas procedentes de todo el país.

            Pero la Ley del Trabajo que finalmente aprobaron las Cortes era decepcionante y defendía en realidad los intereses patronales. Establecía la media jornada para los niños y un máximo de 10 horas para los menores de 18 años, y limitaba las asociaciones al ámbito local y siempre que no rebasaran los 500 miembros. Sólo aceptaba los convenios colectivos en empresas de menos de 20 trabajadores, y establecían jurados para arbitrar conflictos compuestos exclusivamente por patronos.

            A partir de entonces los dirigentes obreros comprendieron que los progresistas no iban a  defender su causa, por lo que pasaron a alinearse con los demócratas y republicanos.

            Durante el gobierno de la Unión Liberal el movimiento obrero permaneció aletargado, en parte por la prosperidad económica, pero también por la dura represión gubernamental.  Hay que destacar la importante labor de formación cultural y de concienciación política que desempeñaron diversas academias obreras, como el Fomento de las Artes de Madrid o el Ateneo de la Clase Obrera de Barcelona. A ellas acudían los trabajadores a recibir clases de aritmética o de gramática, pero también se discutían los problemas de las fábricas y las ideas socialistas.

            A partir de 1863 volvieron las movilizaciones de la clase obrera, ahora abiertamente politizadas. Sus dirigentes y los intelectuales próximos a sus inquietudes participaron activamente en las sucesivas conspiraciones que se organizaron contra el régimen de Isabel II. La participación de los obreros sería decisiva, finalmente, en la revolución que en 1868 puso fin al reinado.

El movimiento obrero en el sexenio: la Internacional.

            La revolución de 1868 despertó las esperanzas de obreros y campesinos, que creyeron que con ella comenzaría el proceso de reformas sociales largamente esperado. La detención del proceso revolucionario, la permanencia de las quintas y la simple sustitución de los consumos, y más tarde el mantenimiento de la  monarquía, provocaron la separación definitiva del movimiento obrero respecto de los partidos demócrata y republicano, y la rápida implantación en España de la Internacional.

La Asociación Internacional de Trabajadores

La Asociación Internacional de Trabajadores (AIT, también conocida como Primera Internacional para diferenciarla de las que surgirían después) se fundó en Londres en 1864, con la intención se coordinar y aunar los esfuerzos de todos los trabajadores del mundo. El manifiesto inaugural y los estatutos fueron elaborados por Marx. Pero, junto al pensamiento marxista, aparecieron dentro de la Internacional otras posiciones ideológicas, entre las cuales destacaba la corriente anarquista, encabezada por Bakunin. No obstante, hasta el Congreso de la Haya (1872) no se confirmó la escisión definitiva del movimiento obrero internacional:
-      Marx consiguió en este congreso que se aprobara la necesidad de constituir  partidos políticos de la clase obrera, así como la expulsión de Bakunin de la AIT.
-      Bakunin, por su parte, se reunió en la localidad suiza de Saint-Imier con sus partidarios, y se autoproclamaron legítimos continuadores de la AIT.

La corriente socialista del movimiento obrero optaría por fundar la Segunda Internacional, acto que tuvo lugar en París en 1889, con motivo del primer centenario de la Revolución francesa.

            En octubre de 1868 llegó a España Giuseppe Fanelli, un miembro de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), enviado por Mijail Bakunin con el objetivo de organizar la sección española de la Internacional sobre la base de las tesis anarquistas que propugnaba el líder ruso. Fanelli estableció dos secciones, en Madrid y Barcelona, esta última la más sólida.

            Al mismo tiempo, las huelgas y protestas se extendían por todo el país, con especial virulencia entre los jornaleros andaluces, y muchos obreros participaron activamente en la insurrección federalista de septiembre de 1869, si bien sus líderes comenzaron a desmarcarse del movimiento republicano, que consideraban burgués.

            En junio de 1870 se celebró en Barcelona el I Congreso de la sección española de la Internacional. El Congreso reguló la organización de secciones y federaciones de oficios, y fijó objetivos sindicales y políticos. La mayoría catalana impuso la orientación anarquista de no colaboración ni alianza con los partidos burgueses.

            En la primavera de 1871, ya bajo el reinado de Amadeo de Saboya, sobrevino la insurrección de la Comuna de Paris. El impacto que la revolución causó en las clases dirigentes europeas fue enorme, y en España se tradujo en una serie de medidas represivas contra la AIT. Se prohibieron las reuniones y las huelgas, se cerraron los periódicos y fueron detenidos varios líderes obreros.

El gobierno de Sagasta trató de ilegalizar la AIT, con el apoyo de las Cortes, pero el Tribunal Supremo lo impidió, por considerar que la norma no era constitucional. Eso no impidió que el Congreso de Zaragoza, celebrado en abril de 1872, fuera disuelto por el Gobierno durante su desarrollo.

            Por otra parte, en diciembre de 1871 había llegado a la capital el dirigente de la Internacional, Paul Lafargue, partidario de la corriente marxista. Entró en contacto con el núcleo madrileño, cuyos principales miembros aceptaron sus tesis. Tras el Congreso de Zaragoza, en junio, los líderes marxistas madrileños fueron expulsados, y un mes más tarde fundaron la Nueva Federación Madrileña, que pronto se convirtió el la sección española del ala marxista de la AIT. Meses después, la escisión en la Internacional se consumaba en el Congreso de la Haya.

Al comenzar 1873 la Internacional Española contaba con más de 25.000 afiliados, un tercio de ellos catalanes. Estaba claramente implantada entre los obreros textiles, la construcción, las artes gráficas y parte del campesinado andaluz. Entre los dirigentes había una mezcla de obreros e intelectuales de clase media, estos últimos lo de ideología más radical y próxima al anarquismo.

La proclamación de la República provocó una oleada de manifestaciones y huelgas que forzaron a los patronos a hacer concesiones importantes en jornada y salarios. Una vez más, Barcelona actuó como punta de lanza del movimiento reivindicativo. En Andalucía hubo ocupaciones de tierras y asaltos, aunque en la mayor parte de los casos los jornaleros actuaron al margen de las consignas de la AIT.

Pero fue la participación obrera en la huelga de Alcoy y en el movimiento cantonal, pese a la desaprobación de sus dirigentes, lo que fue utilizado por los sectores conservadores para acabar con la AIT. El 10 de enero de 1874, tras el golpe de Estado, el gobierno de Serrano decretó la disolución de la Internacional. Para entonces la mayoría de los dirigentes había pasado a la clandestinidad.

En conjunto, el sexenio significó una etapa de clara toma de conciencia política y organizativa para el movimiento obrero español, así como el momento de asimilación de las principales corrientes ideológicas que existían en el mundo obrero europeo. Sobre todo trajo consigo la introducción del anarquismo y del marxismo, y su implantación en España.

Marxismo

Teoría sistemática que abarca desde lo filosófico hasta lo económico, elaborada por Karl Marx y Friedrich Engels. A partir de un análisis de la Historia desde un enfoque filosófico materialista, concluyen que el motor de la historia de la humanidad es la lucha de clases (conflicto de intereses entre clases dominantes y dominadas) que acaba produciendo el paso de un modo de producción a otro: del esclavista al feudal, y de éste al capitalista. En este planteamiento la clase obrera, en su lucha contra la burguesía sería la encargada de acabar con el modo de producción capitalista para llegar al socialismo, en el que los medios de producción (fábricas, tierras) no serían de la burguesía explotadora, sino del Estado. Pero, para ello, es necesario que la clase obrera se dote de una organización fuerte (partido político) que le permita la conquista del poder, y la conversión del Estado en un instrumento al servicio de los trabajadores y de la construcción del socialismo.

Anarquismo

Término que procede del griego an-archos, que significa sin autoridad, sin jerarquías. A diferencia del Marxismo, no es una teoría global sistematizada, sino un teoría política con múltiples variantes, según el autor que la defienda, aunque se pueden encontrar ideas comunes a todas las corrientes anarquistas : aspiración a una sociedad sin Estado y sin gobierno, donde rija la libertad individual, la igualdad y la justicia social; rechazo de cualquier forma de poder, ya sea terrenal –el Estado – o sobrenatural – cualquier religión. En consecuencia, su lucha se centra en combatir cualquier manifestación del poder, en especial del Estado, como instrumento de opresión. La fricción entre anarquistas y marxistas se debe a dos diferencias fundamentales: una de objetivos, ya que los anarquistas pretenden al abolición del Estado, no su conquista por parte de los trabajadores; y otra de estrategia, ya que los anarquistas rechazan lógicamente la formación de partidos obreros y su participación en el juego político burgués (elecciones, gobiernos, etc ).

La etapa de la Restauración

            Durante este periodo, a pesar de algunas iniciativas estatales como la Comisión de Reformas Sociales, creada en 1883 para impulsar informes y propuestas legislativas sobre problemas sociales, se caracterizó por la despreocupación respecto a las reformas sociales. Esta despreocupación se constata en el abandono que había en relación con la instrucción pública en una sociedad en la que en 1877, el 71,5 % de los hombres eran analfabetos, y el 81,6 % en el caso de las mujeres. La iglesia, reconciliada con el régimen liberal, aprovechó la ocasión para fundar muchas escuelas, pero casi todas estaban dirigidas a las clases medias y alta.

            Al disolverse la Primera Internacional (AIT), Marx había aconsejado la fundación de partidos marxistas nacionales que actuaran con independencia en cada país. Siguiendo esta consigna, el 2 de mayo de 1879 se fundó clandestinamente en España el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), formado por 25 personas, 20 obreros y 5 intelectuales. Fue presidido por el tipógrafo Pablo Iglesias. En 1881, aprovechando la nueva Ley de Asociaciones del gobierno liberal de Sagasta, sus impulsores inscribieron oficialmente el partido. Entonces el PSOE ya contaba con 900 militantes.

            Muy pronto convocó una huelga de tipógrafos en Madrid, que, a pesar de tener poco incidencia, dejó sin periódicos a la capital de España. Como consecuencia de esta huelga Pablo Iglesias fue detenido, y muchos tipógrafos despedidos. Al no encontrar trabajo, estos obreros se desplazaron a otros lugares de España, donde continuaron la tarea de difusión de sus ideas.

            Sin embargo, el PSOE creció de manera lenta. Este lentitud suele atribuirse a dos factores: la rigidez de la disciplina y la jerarquización del partido y el hecho de querer participar en el sistema vigente mediante procedimientos políticos legales para conseguir sus objetivos claramente revolucionarios, en un momento en que la clases obrera estaba desencantada del régimen de la Restauración.

            Durante la Exposición Universal de Barcelona, el PSOE celebró su primer congreso en esta ciudad, poco después de la fundación, en 1888, de la Unión General de Trabajadores (UGT), sindicato vinculado al partido.

            En la década de 1890, el socialismo español comenzó a organizar las llamadas casas del pueblo, centros de reunión con fines doctrinales, culturales y formativos. Por otra parte, reivindicó la jornada laboral de ocho horas (de acuerdo con la consigna de la Segunda Internacional), exigencia que se planteó el las concentraciones convocadas el 1 de mayo de cada año con motivo de la celebración de la fiesta internacional del trabajo. Esta fiesta del trabajo se celebró por primera vez en nuestro país en 1890, con un importante nivel de participación en Madrid y en Barcelona. A pesar de que Sagasta había permitido el derecho de voto a los obreros al establecer el sufragio universal masculino, hubo que esperar hasta 1910 para que en el Congreso de los Diputados hubiese un escaño ocupado por un diputado socialista: Pablo Iglesias.

            Al contrario que las socialistas, las ideas anarquistas tuvieron un notable éxito en el movimiento obrero de Cataluña y en la población campesina, sobre todo de Andalucía. Estas ideas se c entraban en dos principios básicos: la libertad absoluta, sin jerarquías de ningún tipo, y la bondad de la sociedad libre como obra de la naturaleza. Eran ideas directas y sencillas que provocaron un gran entusiasmo.

            El hecho de que el movimiento anarquista no tuviera ficheros ni organización burocrática impide conocer con certeza el número de afiliados, pero todo apunta a que contó con numerosos seguidores. Por ejemplo, la “Revista Social”, que empezó a publicarse en la década de 1870 para difundir las ideas anarquistas, tenía una tirada de 20.000 ejemplares, cifra muy elevada si se tiene en cuenta el grado de analfabetismo de la población obrera.  El propagador del anarquismo en España fue también un tipógrafo: Anselmo Lorenzo.

            La falta de organización de los anarquistas fue su talón de Aquiles. Tanto en el Congreso de Sevilla (1882) como en el de Valencia (1888), las discrepancias sobre la forma de actuar llevaron caso a la disolución del movimiento. La desaparición de la organización y la influencia de las nuevas ideas de “propaganda por el hecho” o de “acción directa” de los anarquistas europeos (Bakunin, Kropotkin, Malatesta) condujeron a algunos sectores de esta ideología al terrorismo. En la década de 1890, en Barcelona, el movimiento anarquista se inclinó por actuar mediante la acción directa para avanzar en la lucha por la emancipación de la clase trabajadora. El resultado fueron numerosos atentados terroristas.

            Aprovechando las acciones terroristas de una minoría, la legislación española contra el anarquismo se endureció, y en 1896 se llegaron a crear cuerpos especiales de policía, bajo mando militar, para actuar contra sus miembros en Barcelona y en Madrid. En 1897, la víctima del terrorismo anarquista fue el propio Cánovas del Castillo que fue asesinado por el italiano Michele Angiolillo para vengar a los anarquistas juzgados en el proceso de Monjuïc. A partir de esta fecha, la actividad terrorista del movimiento obrero comenzó a disminuir.

            En el campo andaluz, a causa de la miseria reinante, se extendió el anarquismo revolucionario. En 1883, estalló el asunto de la “mano negra”, una supuesta sociedad anarquista. Una huelga en la zona de Jerez acabó en una serie de acciones violentas. La policía, a pesar de la escasa consistencia de las pruebas de su existencia real, atribuyó los crímenes cometidos a esta sociedad, y procedió a efectuar centenares de detenciones, que terminaron con siete sentencias a muerte. Esta actuación policial y judicial permitió a las autoridades debilitar el movimiento anarquista. No obstante, el anarquismo siguió muy arraigado en la clase obrera andaluza.