Guerra colonial y crisis de 1898.

Antecedentes

A mediados del siglo XIX, existía una fuerte unión sentimental con Cuba, que es la primera colonia española en América (La Española). Por otro lado, la isla presenta un interés económico como fuente de azúcar, tabaco y café, y en ella han hecho carrera militares como Martínez Campos y fortuna comerciantes como Güell, miembros del clan de los cubanos. La aristocracia cubana se reparte la tierra y el poder.

En 1868, los autonomistas se sublevan con el Grito de Yara, dando comienzo a la Guerra de los Diez Años, que concluye cuando en 1878 Martínez Campos, enviado allí, logra el Convenio de Zanjón, por el que no se toman represalias contra los sublevados y se acuerda una cierta autonomía en Cuba. Algunos cubanos continúan luchando hasta 1879 (Guerra Chiquita), y finalmente los dirigentes independentistas Martí, Maceo y Gómez se exilian.

Aparecen entonces en España tres tendencias para solucionar el problema cubano. Los autonomistas (intelectuales, nacionalistas y liberales progresistas) son partidarios de una cierta autonomía en Cuba. Los independentistas (republicanos) defienden su emancipación. Los unionistas (conservadores y liberales) argumentan la pertenencia innegociable de Cuba al territorio español.

En 1886 se abole la esclavitud, para la indignación de las clases altas cubanas, y en 1891 se impone un arancel que obstaculiza el comercio con Estados Unidos (85% del comercio cubano). En 1892, José Martí funda el Partido Revolucionario; en esta misma época, José Rizal lucha por la independencia de Filipinas. Los independentistas exiliados en Estados Unidos logran una gran influencia: Pulitzer (diario World) y Hearst (Journal) crean opinión pública en su favor. En 1893, el ministro de Ultramar, Antonio Maura, presenta un proyecto de autonomía para Cuba que es rechazado en las Cortes.

La Regencia de María Cristina de Habsburgo y el turno de partidos. La oposición al sistema. Regionalismo y nacionalismo.

En noviembre de 1885 murió Alfonso XII. Quedó como regente su segunda esposa, María Cristina de Habsburgo (1885-1902). La necesidad de garantizar la estabilidad del régimen durante una larga regencia llevo a los dos líderes, Cánovas y Sagasta, a establecer un acuerdo que ha pasado a la historia como el Pacto del Pardo. Se comprometieron a apoyar 1a regencia, a facilitar el relevo  en el Gobierno cuando éste perdiera prestigio y apoyos en la opinión pública, y a no echar abajo la legislación que dada uno de ellos aprobara en el ejercicio del poder.

Ambos partidos cumplieron el acuerdo y facilitaron una alternativa regular y pacifica que permitió superar la prueba de fuego de la muerte del rey. Además, María Cristina siempre respetó las decisiones de los gobiernos. Sin embargo, el Pacto del Pardo contribuyó a agudizar la corrupción política y a falsear la voluntad popular, cada vez más ajena al régimen parlamentario.

La evolución política entre 1885 y 1895

Entre 1885 y 1890 gobernó el Partido Liberal, con Sagasta al frente, durante el llamado «Parlamento Largo», el único de la Restauración que duró casi hasta el límite fijado en la Constitución.

El gobierno de Sagasta puso en marcha un programa político bastante más aperturista. Se restableció la libertad de cátedra y se amplió la libertad de prensa, lo que permitió un gran desarrollo de la prensa escrita en los años finales del siglo. También se restableció la libertad de asociación (1887), facilitando así la expansión del movimiento obrero. Otras leyes que contribuyeron a desarrollar la Constitución fueron el nuevo Código Civil (1889), que consagraba un orden social basado en la primacía de la propiedad, y la recuperación de la vieja conquista del Sexenio, el juicio por jurados. Incluso se intentó una reforma del ejército estableciendo el servicio militar obligatorio sólo redimible en colonias, y reduciendo el número de oficiales y regiones militares, que no salió adelante por la falta de apoyo del propio Sagasta.

Pero la reforma más importante se produjo en 1890, mediante la nueva ley electoral que estableció, ahora de forma definitiva, el sufragio universal masculino, si bien sus efectos fueron amortiguados, en esos años, por la manipulación electoral.

Entre 1890 y 1892 gobernaron los conservadores. De esa etapa lo más significativo fue la aprobación de la ley de aranceles de 1891, mediante la que se establecía una rígida política proteccionista, a causa de la crisis económica europea.

Los liberales volvieron a gobernar desde finales de 1892. Lo más destacado de su mandato fue el proyecto de reforma de la administración y gobierno de Cuba, que tropezó con la oposición cerrada de los intereses indianos, por lo que acabó siendo retirado. Meses después, en febrero de 1895, estallaba la insurrección que daría lugar a la guerra de Cuba.


La oposición al sistema.

El turno de partidos, garantizaba una estabilidad política amplia, ya que eran los Partidos Liberal y Conservador los únicos capaces de formar gobierno, sin embargo, no pudo evitar que el fraude llevará a otros partidos a apartarse y tratar de tomar el poder de otra manera, al saber que no les sería posible acceder al poder.

Como dijo Ortega y Gasset, la España oficial se había desligado de la España real. El sistema ideado por Cánovas era un sistema cerrado y monopolizado por una pequeña oligarquía que controlaba por igual a los dos partidos que se alternaban en el poder. En él no se integraban ni las aspiraciones sociales de las clases medias y populares, ni los intereses de las regiones y nacionalidades periféricas.

En consecuencia, grandes movimientos sociales (como el movimiento obrero y campesino, por un lado, y los regionalismos y nacionalismos por otro,) quedaban fuera del sistema político y acabaron destruyéndolo debido a su incapacidad para integrarlos.

El republicanismo

Duramente reprimido en los inicios de la Restauración, los republicanos no lograron recuperarse del fracaso de la Primera República, ni extender su implantación social. Se agruparon en diversas corrientes doctrinales y políticas en torno a los antiguos líderes del sexenio:

-          Federalistas. Liderados por Pi i Margall, se inclinaron hacia posiciones socializantes y hallaron eco entre sectores populares urbanos en Cataluña y litoral valenciano.
-          Unionistas. Liderados por Nicolás Salmerón. Partidarios de la unidad territorial y política del Estado y representaban el liberalismo de un sector de la intelectualidad burguesa.
Radicales. Crearon el Partido Republicano Progresista dirigido desde el exilio por Ruiz Zorrilla. Partidarios de la lucha armada, protagonizaron varias insurrecciones hasta la muerte de su líder en los años noventa. En agosto de 1883, aguijoneados por Ruiz Zorrilla, que les prometió acabar con los burócratas, mejor capacidad de ascenso y pensiones de viudedad, la guarnición de Badajoz se alzó en favor de la República, a las que debían unirse otras 22, que fallaron. En septiembre de 1886, se produjo el último levantamiento republicano hasta 1930, llevado a cabo por el general Villacampa, al que se uniría otra guarnición. El problema fue que sólo los de menor graduación estaban dispuestos a jugársela por la república.
-          Posibilistas (renuncia ideológica para obtener resultados prácticos con otros grupos). Grupo minoritario liderado por Emilio Castelar, que finalmente se integró el Partido Liberal.

Federalistas y unionistas, partidarios de la acción política pacífica y legal, unieron sus fuerzas en 1893 en la Unión Republicana, con el deseo de aprovechar el sufragio universal y aumentar se peso electoral, aunque este bloque no se consolidó hasta 1903.


Movimiento obrero
El movimiento obrero está dividido en dos grandes tendencias, socialistas y anarquistas. El anarquismo tiene mayor implantación en Aragón, Cataluña, Valencia y Andalucía, pero cuenta con una escasa organización y una importante división interna, pues mientras para unos lo importante es el activismo sindical a favor de los obreros y campesinos, otros abogan por la acción directa, lo que llaman la propaganda por el hecho, consistente en la lucha a través de las huelgas violentas o los atentados, que se sucedieron con frecuencia en esta etapa.

El socialismo se organiza sobre todo con base en Madrid, donde un grupo de tipógrafos, artesanos e intelectuales vana crear en 1879 el PSOE (Partido Socialista Obrero Español), encabezado por Pablo Iglesias y Jaime Vera, con un programa basado en tres objetivos, la abolición de las clases y la emancipación de los trabajadores, la transformación de la propiedad privada en social y colectiva y la conquista del poder político por la clase obrera. En 1.888 se creará la UGT (Unión General de Trabajadores), sindicato de orientación socialista.

En 1.888, en el primer congreso del PSOE celebrado en Barcelona se constituye el partido como una organización nacional y adopta el sistema de congresos periódicos para definir la línea ideológica y táctica, además de efectuar una clara división en el partido, que tiene objetivos políticos, y el sindicato, que trabaja por las reivindicaciones de los trabajadores. En 1890 se celebrará por primera vez el 1º de mayo en España por la indicación de la II Internacional. Ese mismo año el PSOE presenta candidatos a las elecciones y un año después consigue sus primeros concejales.

El carlismo

Derrotado militarmente en 1876, no logró recuperar la importancia que había tenido anteriormente, debido, principalmente, al apoyo que el Vaticano y las jerarquías católicas prestaron a Alfonso XII. Así, pues, minimizada su opción dinástica, el carlismo se redujo a un movimiento ideológico circunscrito socialmente al País Vasco y Navarra, zonas de gran arraigo del foralismo católico. Se dividió en dos tendencias:

1-          Los integristas, encabezados por Ramón Nocedal, que criticaban el excesivo liberalismo del pretendiente Carlos VII y exaltaban los valores del catolicismo y su influencia en todos los ámbitos de la vida pública.
2-          Los tradicionalistas que, influidos ideológicamente por Vázquez de Mella, evolucionaron hacia posturas regionalistas. Frente al centralismo estatal, propusieron un nuevo marco institucional que albergara la monarquía tradicional católica y las nuevas aspiraciones regionalistas para evitar que surgieran separatismos que podían poner en peligro la unidad de España. Pero el despertar del regionalismo les restó importancia.

Aprovechando la libertad de asociación y el sufragio universal, los tradicionalistas se organizaron como partido político y obtuvieron algunos escaños en 1896. Pese a sus divisiones internas el carlismo se mantuvo vivo entre algunos sectores hasta bien entrado el siglo XX.

Reinado de Alfonso XII: El sistema canovista y la Constitución de 1876.

Los fundamentos políticos del sistema canovista. El reinado de Alfonso XII.

Antonio Cánovas fue la figura clave de la Restauración. Su primer objetivo fue asentar firmemente la Monarquía, por encima incluso de la Constitución. Para él, la Monarquía y las Cortes eran los dos pilares básicos de la historia de España. La Corona debía recuperar, por tanto, el prestigio perdido durante el reinado de Isabel II. Tenía en mente una Monarquía que compartiera la soberanía con las Cortes, que dispusiera de amplias competencias y, sobre todo, que desempeñara un papel protagonista en la vida política.

En segundo lugar, el marco constitucional debía acoger todas las tendencias liberales. Se trataba de crear un sistema que fuera igualmente válido para los antiguos moderados, unionistas, progresistas y demócratas, con la sola condición de aceptar la Monarquía y la alternancia en el Gobierno. Quería conseguir una Constitución que durase, que permitiera gobernar a partidos distintos y que acabara con el pronunciamiento como vía para la toma del poder.

Este último aspecto preocupaba especialmente a Cánovas. El ejército debía volver a los cuarteles y cumplir su misión constitucional. Para ello, había que garantizar el mantenimiento del orden social, así como la posibilidad de acceso pacífico al Gobierno, a través del sufragio, para todos los partidos integrados en el sistema. Fue decisivo el papel ejercicio por Alfonso XII, un «rey-soldado» con formación militar. Su posición activa en la guerra carlista le ganó el apoyo de los cuarteles y permitió a Cánovas edificar un sistema político exclusivamente civil, ajeno a la actuación del ejército.

El modelo ideal de parlamentarismo era, para Cánovas, el británico. Se basaba en la existencia de dos grandes partidos que aceptaran turnarse en el poder, con el fin de evitar la atomización parlamentaria y garantizar las mayorías. Ambos debían aceptar pasar a la oposición si perdían la confianza regia y parlamentaria, y respetar la obra legislativa de sus antecesores.

El régimen de la Restauración fue muy conservador, tanto en el terreno de la política como, sobre todo, en materia social y económica. La Corona había sido restablecida por los políticos conservadores, los hombres de negocios y los mandos militares. Todos ellos compartían unos intereses y una visión comunes: la defensa del orden social y de la propiedad, la Monarquía como garantía de estabilidad, la identificación de la República con la anarquía y la subversión, y la de la unidad de la patria con el mantenimiento de las colonias.

Esa visión de la política fue compartida por las clases medias, que identificaron los años del Sexenio con la crisis económica, la anarquía y el miedo a las revueltas y a los movimientos obreros. Por eso, aunque esas clases no participaron de hecho en la vida política, el nuevo régimen tuvo un amplio respaldo. La elevada abstención, ya desde las primeras elecciones, era el resultado de la aceptación tácita del nuevo rumbo.

La restauración borbónica

            Antonio Cánovas del Castillo pretende la vuelta de los borbones a reinar en España en la figura del hijo de Isabel II, Alfonso XII. Para ello organiza un partido monárquico y recibe poderes del propio Alfonso, logrando además la abdicación de Isabel II en su hijo argumentada en la mala imagen de la reina y para lograr el reconocimiento internacional. Influido por A. Cánovas, Alfonso redacta un documento, el Manifiesto de Sandhurst (el 1 de diciembre de 1874 en la escuela militar a la que asistía), concebido como una carta a los españoles donde se compromete a respetar el sistema constitucional, a no efectuar represalias y a no falsear la representación. El objetivo de Cánovas era conseguir una ambiente favorable a la figura de Alfonso, sin recurrir a medidas de fuerza.

Pero el 28 de diciembre de 1874, los generales Martínez Campos y Jovellar llevan a cabo un golpe de estado en Sagunto, por el que proclaman la monarquía de Alfonso XII en contra de la opinión de Cánovas, que no obstante se pone al frente del Ministerio de Regencia que se crea mientras llega el rey, quien con su venida ratifica su confianza en Cánovas.

Entre las primeras decisiones del gobierno Cánovas, hay que destacar la sustitución de gobernadores civiles, presidentes de Diputación y alcaldes por hombres afines a la Corona. Se restituyó en sus empleos, nombramientos y grados a militares y funcionarios que los habían perdido en el Sexenio, y se condecoró a los jefes y servidores de la causa alfonsina. Se decretó el cierre de periódicos, en especial de tendencia demócrata y republicana, y se dieron órdenes estrictas a los gobiernos civiles para el mantenimiento a ultranza del orden público y el control de elementos de la oposición. También se aprobaron nuevos procedimientos y tribunales para los delitos de imprenta. Se eliminaron el matrimonio civil, los juicios con jurado y se restableció el Concordato de 1851, devolviendo a la Iglesia los pocos bienes aún no vendidos y la garantía de las aportaciones del Estado a la Iglesia católica, incluido el presupuesto de culto y clero.

Se trataba de una vuelta al pasado pero la aplicación de las medidas represivas fue selectiva y, en general, suave. Además, se dictó una amplia amnistía y se mantuvo el contacto con los líderes progresistas y demócratas para conseguir la aceptación de la Monarquía.

Al frente del Gobierno Cánovas se propondrá como objetivos una adaptación del régimen a la realidad política, sin extremismos, la elaboración de una nueva Constitución y la pacificación en las guerras que todavía existen con los carlistas y en Cuba.
  
La Constitución de 1876

La elaboración de la Constitución saldrá de una “Comisión de hombres ilustres” que será nombrada por una asamblea de exsenadores y exdiputados. Para su aprobación, en diciembre se convocaron elecciones a Cortes Constituyentes por sufragio universal, tal como establecía la Constitución vigente de 1869. Sin embargo, el proceso electoral fue ya manipulado por Romero Robledo para asegurar una amplia mayoría a los candidatos del Gobierno. No es extraño que meses después se aprobara la Constitución sin enmiendas puesto que Cánovas sometió a las Cortes el texto para su aprobación o rechazo a la totalidad.

La Constitución de 1876 es un texto flexible, con el objetivo de permitir gobernar de manera estable a los partidos que acepten el sistema. Sin embargo, su inspiración es doctrinaria y conservadora, estableciendo la soberanía compartida entre el Rey y las Cortes, en base a lo que Cánovas llama “constitución interna”, que supone la posición preeminente de la monarquía como parte sustancial de la constitución histórica de España.

La declaración de derechos y deberes es amplia, y recoge casi todas las conquistas de 1869. Pero, como en 1845, su concreción se remite a las leyes ordinarias, y éstas, en su mayor parte, tendieron a restringirlos, especialmente los derechos de imprenta, expresión, asociación y reunión.

Respecto a los poderes del Estado, el rey cuenta con amplios poderes, reconociéndosele la iniciativa legal, la sanción y promulgación de las leyes, la capacidad de veto durante una legislatura, el nombramiento de los ministros, la disolución del Gobierno, la elección de presidente del mismo, quien necesita la confianza para esa elección de las Cortes y el Rey.

Las Cortes son bicamerales, con una Cámara Alta compuesta por tres tipos (le senadores: por derecho propio, vitalicios por designación real y elegidos por las corporaciones y los mayores contribuyentes. Los diputados del Congreso son elegidos por sufragio directo, pero la Constitución no fija el sistema de votación, por lo que será el partido gobernante el que decida, a través de la ley electoral, si el sufragio debe ser censitario o universal. La función de las Cortes será la legislativa, con ambas cámaras en situación de igualdad, salvo para las leyes financieras que las aprueba el Congreso.

El texto mantiene la independencia del poder judicial y la unidad de códigos.

El centralismo se acentúa también al quedar bajo control del Gobierno ayuntamientos y diputaciones y ser suprimidos los Fueros vascos.

La cuestión religiosa se resuelve mediante el reconocimiento de la confesionalidad católica del país y la garantía del sostenimiento del culto y del clero. A cambio, una ambigua libertad de creencias permite otros cultos, pero con prohibición de sus manifestaciones públicas.

El rodaje del sistema: la evolución política hasta 1885

El Partido Conservador estaba liderado por el propio Cánovas. Su programa se basaba en la defensa del orden social, de la Monarquía y de la propiedad. Los conservadores comenzaron por abolir los fueros vascos, con el objetivo de conseguir la plena uniformidad jurídica y política Las provincias vascas quedaban obligadas a contribuir con contingentes al servicio militar y a pagar contribuciones.

El gobierno de Cánovas mantuvo y acentuó la política de restricción de las libertades ya iniciada antes de la Constitución. Se restableció la censura y pasó a ser delito cualquier ataque a la Monarquía. Se cerraron periódicos y se anuló la libertad de cátedra. Muchos profesores dimitieron en señal de protesta. También se recortaron las libertades de reunión y asociación, y los sindicatos obreros permanecieron prohibidos.

Además, la ley electoral de 1878 estableció un sufragio muy restringido, que redujo el censo electoral a un 5% de la población. El Gobierno también se reservó la elección de alcaldes en las grandes ciudades.

En mayo de 1880 se fundó el Partido Fusionista, que pronto pasó a llamarse Partido Liberal. Se formó a partir del viejo Partido Progresista, y bajo el liderazgo de Sagasta. Sus miembros aceptaron la Monarquía y la Constitución, como «oposición liberal dinástica».

En enero de 1881 Cánovas dimitió y dejó paso al primer gobierno del Partido Liberal. Sagasta tomó medidas para terminar con las restricciones de la libertad de expresión: limitó las denuncias por delitos de imprenta, devolvió sus cátedras a los profesores represaliados y permitió que las asociaciones obreras y republicanas volvieran a actuar con libertad. Pero no se atrevió a llevar más lejos las reformas. El partido no estaba aun muy cohesionado, y Sagasta quería evitar medidas que pudieran alarmar a la oligarquía.

Pronto se produjeron disturbios y protestas en el campo andaluz (inspiradas por la pretendida organización anarquista denominada La mano Negra), además de un intento de pronunciamiento republicano del general Villacampa en 1883. El gobierno de Sagasta reaccionó con dureza: reprimió las protestas populares y procesó a los golpistas, para los que solicitó penas de muerte y exilio.

El Rey volvía a llamar a Cánovas a formar Gobierno en enero de 1884 y, tras el habitual amaño de las elecciones, obtenía una amplia mayoría parlamentaria. Sin embargo, en noviembre de 1885 la prematura muerte del rey ponía en peligro todo el sistema canovista, problema que fue resuelto mediante el Pacto del Pardo entre Cánovas y Sagasta.

El falseamiento del sistema: caciquismo y corrupción electoral

A la altura de 1885 era ya evidente que el funcionamiento constitucional experimentaba una clara adulteración. Los gobiernos no cambiaban porque tuvieran o no el apoyo de las Cortes, sino por un mecanismo bien distinto. Cuando un partido experimentaba el desgaste de su gestión, o sencillamente cuando los líderes políticos consideraban necesario un relevo en el disfrute del poder, se sugería a la Corona el nombramiento de un nuevo gobierno. El nuevo presidente era siempre el der del partido hasta entonces en la oposición, y recibía junto con su nombramiento el decreto de disolución de las Cortes y la convocatoria de nuevas elecciones.

Entonces actuaba su recién nombrado ministro de Gobernación, que “fabricaba” los resultados electorales desde el llamado “encasillamiento”, por el cual el Ministerio, adjudicaba escaños a partidarios o adversarios en función de los acuerdos que se pactaban con la oposición. Ello propició la aparición de los llamados Diputados cuneros, personas elegidas a Cortes por una circunscripción que desconocían totalmente. A continuación se procedía a manipular las elecciones a través de la extensa red de caciques y autoridades repartida por todo el país. Dado el analfabetismo generalizado y el férreo control que los caciques y notables ejercían sobre los pueblos, conseguir el resultado pactado era bien sencillo, y de esta forma se obtenía, invariablemente, una holgada mayoría para el partido gobernante, que podía actuar así sin dificultad.

El “cacique” lo encarnaba un personaje relevante, con poder e influencias, bien por su riqueza económica, bien por su prestigio o por sus contactos, de forma que podían controlar a mucha gente que dependía de ellos (para conseguir trabajo, para obtener una licencia administrativa, para una recomendación o, simplemente, para no despertar su peligrosa enemistad) que vigilaba y organizaba la emisión del voto en su demarcación.

Junto al caciquismo estaba la técnica del pucherazo, que iba desde la coacción al elector hasta la modificación de los resultados obtenidos en las urnas. La capacidad de manipulación y fraude era menor en las ciudades que en el medio rural, donde los medios de control de los terratenientes sobre los campesinos pervivían desde la dominación feudal. La implantación en 1890 del sufragio universal (por el Partido Liberal), no produjo ningún tipo de consecuencias que alterasen este sistema.

La certeza de que participar en las elecciones era inútil fue retrayendo a la opinión publica, y provocó una progresiva indiferencia hacia la vida política que se mostró de forma clara en la crisis de final del siglo.

El falseamiento electoral funcionó sin grandes problemas durante los primeros años. Pero a partir de la década final del siglo comenzó a resquebrajarse, con el establecimiento del sufragio universal, la difusión de la prensa y el surgimiento de partidos ajenos al «turno», como se llamó a la monótona alternancia de conservadores y liberales.

El Sexenio democrático (1868-1874): La revolución de 1868

La revolución de 1868

            Es provocado por tres causas:

  • Crisis económica: se hunden la industria del ferrocarril, la industria textil y demás empresas, El crack bursátil en todas las empresas europeas provocan la caída de la Hacienda y el cierre de bancos.
  • Crisis de la producción: dos malas cosechas seguidas provocan hambre, lo que provoca que el descontento social se generalice en todo el país.
  • Crisis política: Isabel II se queda sin apoyos debido a la muerte del coronel O´Donell y Naváez, los progresistas deciden no intervenir en la política que dirigidos por el general Prim empiezan a iniciar un ataque contra Isabel para que dimita. Además esta decisión de no intervenir en la vida política es debido a que para los progresistas les es imposible subir al gobierno porque la reina Isabel II solo apoya a los partidos conservadores.

            En septiembre de 1868, se inició la Gloriosa Revolución, un pronunciamiento dirigido por el general Topete que tenía al mando el cuartel de Cádíz. A él, se le unieron más cuarteles de ejército del resto del país y la población, a estos últimos se les dio armas y crearon los llamados Voluntarios por la Libertad. En las ciudades crearon Juntas Locales y Provinciales.Vencieron al ejército gubernamental y provocó el exilio de Isabel II.

           Si la revolución triunfó fue además porque habían bastantes intereses en juego: a los grupos conspiradores se unieron las entidades bancarias y financieras que veían que el gobierno isabelino no era capaz de superar la crisis. Además la oligarquía terrateniente admitieron que un cambio debía de realizarse si se quería mantener el orden social. Los grupos populares además de verse perjudicados por las epidemias y el hambre, de influenciaron considerablemente las promesas de los conspiradores: el sufragio universal, la eliminación de impuestos indirectos y la injusta convocación militar que excluía a hijos de familias ricas.

            Se forma un gobierno provisional en manos de Serrano, con la participación de personajes influyentes como Prim, Zorrilla y Sagasta. Se dicta un decreto para la disolución de las Juntas y la devolución de armas, se designó nuevos Ayuntamientos y Diputaciones además de convocar Cortes.


Isabel II (1.843-1.868): el reinado efectivo.

Principales características políticas

            En el otoño de 1843, las Cortes, para evitar una nueva regencia, votaron la mayoría de edad de Isabel II, que iniciaba así con trece años su reinado efectivo. Un reinado que duraría veinticinco años y que, aunque en apariencia fue agitado y cambiante, presentó unas características comunes que se mantuvieron invariables a lo largo del tiempo.

            En primer lugar, fue un periodo de tendencia muy conservadora, regulado por la Constitución de 1845, que establecía la participación política exclusiva de una oligarquía de propietarios, viejos aristócratas, ricos burgueses, generales, prelados y altos funcionarios. El sufragio restringido excluía el resto del país. Fue además un régimen de gobiernos autoritarios, defensores del “orden” y de una monarquía fuerte, que limitó las reformas sociales y restringió las libertades individuales y colectivas.

            En segundo lugar, la reina intervino activamente en la vida política, apoyando invariablemente a los sectores más conservadores y evitando el acceso al poder de los progresistas.

            En tercer lugar, la participación de los generales en el gobierno fue continua. La exclusión de la oposición llevaba a ésta a recurrir  a los militares y al pronunciamiento para acceder al Gobierno. Los conservadores, por su parte, pensaban que la presencia de un militar al frente del ejecutivo garantizaba el mantenimiento del orden liberal, frente al carlismo y frente a la revolución social.

            Otra característica del periodo fue la exclusión de la gran mayoría del país de la vida política. Ni los campesinos ni el creciente número de obreros industriales o trabajadores urbanos tuvieron nada que agradecerle. El régimen liberal supuso una degradación continua de sus condiciones de vida. Las protestas, manifestaciones y huelgas fueron contestadas con una dura represión, la prohibición de las asociaciones y la persecución de sus dirigentes, en nombre del “orden”.

            En el reinado de Isabel II hubo una presencia exclusiva de partidos burgueses en la vida parlamentaria: hasta 1845, los moderados y los progresistas, y a partir de entonces, otros grupos como la Unión Liberal y el Partido Demócrata (progresista radical). Al margen de la vida parlamentaria quedaban los republicanos, ilegales.

La regencia de María cristina de Borbón (1833-1840). La etapa moderna.

La etapa moderada.


Durante la minoría de edad de Isabel, María Cristina gobierna como regente. Cea Bermúdez es elegido para gobernar, y se encargó de la defensa de la religión y del  mantenimiento de las leyes fundamentales del reino (con el objetivo de debilitar los apoyos del carlismo) Inicia una serie de reformas administrativas, (Ej: la división provincial en 1833 por Javier de Burgos). Pero es sustituido por la Regente al ser presionada por los capitanes generales que estaban molestos por la exclusión de los reformistas del gobierno que provocó la falta de apoyo para la guerra.

Ella nunca fue liberal, pero era necesario tener apoyos para la guerra. En 1834, la obligaron a convocar a Martínez de la Rosa, liberal moderado que ya había sido jefe de Gobierno durante el Trienio Constitucional. El cual, convenció a la reina para ampliar la amnistía, aceptar la vuelta de los liberales  exiliados, la publicación de un decreto de libertad de prensa limitada (aparecieron periódicos liberales) y el restablecimiento de la Milicia Nacional para conseguir voluntarios para la guerra.

Su moderación queda grabada en el Estatuto Real de 1834, con la que sólo se regulaba la convocatoria de unas Cortes conservadoras y elitistas. Se formó basándose en las Cortes Bicamerales donde una cámara, el Estamento de Próceres estaba compuesto por la nobleza, el clero y la alta burguesía, y la otra, el Estamento de Procuradores era elegida por sufragio censitario. Además, la Corona se reservaba la capacidad legislativa y de veto, incluida la libre convocatoria y disolución de las Cortes, dejando a estas sólo capacidades consultivas y el derecho de petición.

En los debates parlamentarios se fijaron las dos ramas del liberalismo: moderados (les gusta la actuación del gobierno y no quieren cambios radicales) y  progresistas (reformistas y desean restaurar la Constitución  de 1812)

El Gobierno moderado no fue capaz de dirigir el país debido a: la falta de fondos que no dejaron realizar los cambios fiscales necesarios, los errores tácticos en la guerra y las expediciones carlistas que provocaron una agitación en las ciudades (Ej.: el asalto a los conventos de 1834, con el respaldo de los frailes carlistas y la acusación de ser los que propagaron el cólera). Fue creciendo el apoyo a los progresistas y en 1835 estalló una insurrección en la mayoría de las ciudades, donde formaron Juntas. Esto obligó a la regente a sustituir a Toreno y por un progresista como jefe del Gobierno.

El reinado de Isabel II. La oposición al liberalismo: carlismo y guerra civil. La cuestión foral.

Fernando VII solo tiene una hija de su matrimonio con María Cristina, lo que le lleva a que antes de que naciera dicha hija, publicara la Pragmática Sanción, eliminando la Ley Sálica y restablecer la línea sucesoria de las Partidas. Con esta publicación se asegura que su hija sea la sucesora del trono, pero para garantizarlo decide tomar ciertas medidas: poner ministros moderados, sustituyendo a los capitanes generales más intransigentes, abre Universidades y permite que los exiliados vuelvan al reino.

Muere el 1 de octubre de 1833 y después de dos días de su muerte, Don Carlos (hermano de Fernando VII) reivindica sus derechos dinásticos para subir al trono. Esto provocó que se formaran los dos bandos de la guerra:

ABSOLUTISTAS:

Por un lado estaban los absolutistas. El rey tenía el poder absoluto en el trono y al rededor de estos se agruparon movimientos tradicionalistas. Ej: En la zona de las vascongadas se organizaba el territorio en fueros, los cuales se otorgaron a los nobles en el momento de reconquista. Pero en dicho lugar el mantenimiento era alto y privilegiado, ya que los nobles que las gobernaban se unieron a Castilla. Los nobles vieron peligrar sus privilegios ante los liberales.

Estos movimientos tradicionalistas estaban unidos gracias a la religión y al odio del campo hacia la ciudad. Lo que les llevó a la defensa unitaria del trono y el altar (vascos con sus fueros), frente al centralismo de los liberales.

El bando carlista estaba formado por: parte de la nobleza, miembros ultraconservadores de la administración, el ejército, bajo clero, artesanado y campesinos.

LIBERALES:

Movimiento menos unitario pero unidos porque era la única oportunidad de los liberales para poder acabar con el absolutismo.

Cuando Maria Cristina aceptó a los liberales, estos comenzaron a realizar cambios políticos antes de iniciar la lucha contra los carlistas. Iniciaron un "arreglo constitucional", de signo conservador, el Estatuto Real de 1834 basado en la "Charte" francesa. Esto provocó la división de los liberales en progresistas y moderados, que formaron grupos en los que actuaban unidos para lanzar propuestas, pero sin una estrategia en común ni una línea de partido clara. Las diferencias entre los dos grupos era por la doctrina constitucional, su comportamiento social, por cómo llevar la guerra y con qué país aliarse para asegurarse la victoria en la guerra.

Los moderados eran: los terratenientes, aristócratas y funcionarios de carrera. Bajo un segundo término los abogados de estos y los periodistas afrancesados. Su doctrina política, defendía a la clase dominante, prescindiendo de los tradicionalismos.

Los progresistas defendían un europeismo, un ataque a la iglesia y un individualismo económico mucho más radical; derechos políticos y de propiedad concominantes; y ampliar el liberalismo más allá de las clases superiores respecto a la clase media. 
Para conseguir estos objetivos se intentó garantizar los avances conseguidos y la elección de los alcaldes por el pueblo. Sobretodo cuando María Cristina llamó a todos los alcaldes al gobierno y convirtió la Milicia Nacional en el cuerpo de defensa de los ayuntamientos. 
Sus logros se recogieron en la Constitución de 1837 pero nunca se publicó.

El conflicto: 

La primera guerra (1833 - 1840)

Las cosas iban bien para los carlistas ya que el gobierno liberal era débil y no actuaba contra ellos por varios motivos: el estado acababa de salir de una situación económica mala y el ejército estaba siendo reestructurado (con el objetivo de formar un ejército moderno).

Sin embargo, los carlistas no actuaron hasta 1835, a pesar de que formaron su propio estado dentro del estado con instituciones, impuestos y ejército propio. Pero la situación quedó en tablas ya que los liberales no estaban convencidos de aumentar el ejército para luchar contra el sistema de guerrillas de los carlistas. El cambio de la situación de los carlistas se debe a la perdida de Zumalacárregui en el intento de tomar Bilbao, que fue un fracaso.

La situación de equilibrio se rompió por primera vez tras la expedición del general Gómez que llegó a Andalucía; y por la Expedición Real de 1837 en el que los carlistas pasaron por Cataluña y Valencia sin oposición hasta que llegaron a Madrid y se asentaron. El ataque a Madrid se detuvo debido a que le prometieron a Carlos María Isidro que la princesa Isabel II se casaría con el hijo del líder carlista.

El cambio definitivo se produjo en 1838 que favoreció a los liberales. Las tropas liberales envían sus tropas dirigidas por el general Espartero contra los carlistas. El número inferior del ejército carlista más la caída de su sistema de recaudación de impuestos y abastecimiento, provocaron que en 1839 fuera el fin del carlismo. Se descompusieron todos los grupos carlistas (que se formaron alrededor de Carlos María Isidro) que buscaban la permanencia de las tradiciones. En 1838, Don Carlos otorgó al general Maroto el mando supremo de la región norte. Este general se encontró con la oposición de los clericales de la corte, lo que provocó que Maroto fusilara a Tejeiro (jefe eclesiastico) y de los generales navarros.

En esta situación, Maroto tuvo que acordar el Convenio de Vergara con Espartero (general liberal) en el cual, se comprometía a mantener los fueros y a incorporar al ejército liberal la tropa y generales carlistas. (no se cumplió el trato)

El resto del carlismo permanecía en Cataluña, Aragón y Levante, los cuales ganaron terreno aprovechando que los liberales estaban concentrados en el norte. La expansión fue dirigida bajo el mando de Cabrera y España. El general España fue asesinado por su propia tropa que fueron influenciados por mandos guerrilleros de la junta aristócrata, mientras que Cabrera huyó a Francia al enfermar en la toma de Morella por los liberales.

La guerra termina. Los carlistas todavía controlar algunos enclaves. Pero las siguientes guerras se realizarán con la finalidad de desintegrar internamente el sistema liberal.


La segunda guerra carlista (1846-1849 y 1860)

Todo comienza con la abdicación de Carlos María Isidro en su hijo el conde de Montemolín. Vuelve con fuerza el bandolerismo catalán debido al descontento ante las imposiciones del sistema liberal. Este hecho evidencia la imposibilidad del ejército de vencer a las guerrillas. El general Cabrera tuvo que recurrir a la represión para evitar la descomposición de las guerrillas, pero no tuvo éxito y la rebelión acabó consumiéndose sola.

En 1860 vuelven a realizar un pronunciamiento, aprovechando que las tropas estaban en Marruecos. El conde Montemolín (el rey) desembocó en Tarragona ayudado por el general Ortega (el cual era general del ejército liberal, pero un carlista en la sombra) para dirigir el ejército. Los soldados liberles se percataron de este intento, detuvieron a Ortega y al conde Montemolín, el cual renunció a la corona. El resultado fue la desaparición del carlismo para convertirse en un movimiento político dirigido por la viuda de Carlos María Isidro.


La tercera guerra carlista (1872 - 1876)

Cae la Monarquía de Isabel II en 1868 lo que provocó que los carlistas tuvieron un gran impulso como corriente política. Llegaron a ocupar 20 escaños en las elecciones de 1869, y los neoocatólicos se pasan al bando carlista. Los motivos de este impulso fueron: la pérdida del prestigio de la reina y los liberales-conservadores; además, el pretendiente carlista tenía posibilidades de ocupar el trono.

En 1872 inician un nuevo levantamiento armado. Fueron derrotados en Guipúzcoa, pero la guerra se mantuvo en Cataluña, Navarra y Vizcaya. No consiguieron ninguna conquista importante por lo que no recibieron ningún apoyo extranjero. Estaban condenados al fracaso y Carlos VII se marchó de España para siempre en 1876.

Consecuencias: derrota del tradicionalismo y absolutismo, el gran coste económico de las guerras y el prestigio que adquirieron los militares liberales que llegaron a tener un gran peso en la vida política.


Cuestión Foral (de los fueros)

Los territorios forales presentaban ciertas particularidades:

1.- Existía un sistema de gobierno autonómico en cada una de las provincias y del señorío de Vizcaya, compartido con el Corregidor y los demás representantes del Rey. Y en el caso de Vizcaya tenían el título de señores. En el País Vasco, el gobierno foral residía en las Juntas Generales, formados por miembros de las entidades municipales que se reunían cada dos años para tomar decisiones de carácter general y para elegir a los representantes de la Diputación provincial en cada uno de los territorios. Este régimen, aunque pretendía tener la apariencia de igualitario, no era así. Los señores controlaban las Juntas y eran elegidos para las Diputaciones ante toda la población.

2.- La justicia, estaba a cargo del Corregidor y la Diputación. Tenían sus propios jueces y tenían una instancia superior en la Chancilleria de Valladoliz, donde eran remitidos los cargos más importantes.

3.- Las provincias gozaban de libertad para librarse del régimen fiscal ordinario con respecto a la Corona de Castilla. Las Juntas imponían impuestos considerados oportunos y más baratos que en Castilla. La aduanas se rebajaron para que la importación de productos extranjeros fueran baratas.

4.- Los vascos solo eran obligados a participar en la vida militar si se comenzaba una guerra. En ese caso, formaban milicias forales que solo defendían su propia provincia foral.

Podemos deducir, que cada entidad histórico-jurídico del País Vasco, gozaba de su propio gobierno y de su propio fuero particular. No formaban ninguna unidad entre ellas.

El Reino de Navarra se diferenciaba del resto de los territorios peninsulares desde 1515, porque tenían sus propias características administrativas y de gobierno. Incluso tenían sus propias Cortes y se reunieron en todo el siglo XVIII y en 1828 y 29. Su gobierna era mucho más completo y fuerte que las vascas.

La cuestión foral implica a Navarra y al País Vasco, los cuales apoyaron al bando carlista durante toda la guerra. Al finalizar la primera guerra carlista se construye el Convenio de Vergara para proteger los privilegios forales. Pero no se llegó a cumplir el convenio ya que en 1841, se aprobaron leyes en los que Navarra perdía sus aduanas, sus privilegios fiscales, sus exenciones fiscales y sus propias instituciones de gobierno. Pero al menos consiguieron tener un sistema fiscal favorecedor,m solo tenían que pagar un cupo anual a la Hacienda Estatal.

En 1841, el Pais Vasco también se vio afectado. Perdieron sus privilegios forales y los "pase foral" (privilegio de las instituciones jurídicas y municipales sobre las órdenes del gobierno estatal. Aun así, conservaron la exclusión privilegiada, el servicio militar obligatorio. En 1846, se introdujeron los conciertos económicos para calcular la contribución anual de los ciudadanos vascos a los gastos generales del Estado. La cantidad total de la aportación era fijada y pactada por los representantes de cada provincia foral vasca y los del gobierno estatal.